9.45. CMLP XLV – 1989/91

CMLP45_RelaciónDeIngresantes

Estuvimos internos, como cadetes. Palabra prohibida. Éramos perros, no cadetes, y los más antiguos en el Colegio nos lo hacían saber y recordar a cada instante. Hacia afuera, éramos “Cadetes del Colegio Militar”. Hacia adentro: perros, chivos, vacas. Los años 1989 a 1991, marcarían en el calendario el paso de la Cuadragésimaquinta – XLV, en romanos – promoción, La Mejor; por las cuadras, aulas, talleres, patios, jardines, comedor, canchas, del Colegio Militar Leoncio Prado.

Decimos que nuestra “promo” nació oficialmente la mañana del 2 de abril de 1989. Esa mañana, después de haber pasado un verano estudiando y superando las pruebas del concurso de admisión, los 450 ingresantes (más unos “cuervos” que se nos sumarían con el correr de los días), nos hicieron subir al “mezzanine” del viejo auditorio, mientras que nuestros padres y acompañantes eran acomodados abajo, en platea. Teníamos referenciada medianamente la distribución de los pabellones, pero a partir de esa mañana viviríamos ahí. Cambiábamos de hogar… lo que se hizo patente de golpe cuando luego de una breve admonición, y sin tiempo para las despedidas, el oficial al mando: el capitán Majlouff ordenó que nuestra promoción, los recién ingresados, “caballeros cadetes” – nos llamó delante de nuestros padres –, pasemos al patio de armas para luego ser dirigidos a las canchas deportivas al lado del muro del Colegio que da a la Costanera.

Así, a la volada, nos desarraigamos de lo que conocíamos y nos metíamos en un mundo totalmente nuevo. Los padres formaban una especie de pasacalle por donde nos conminaron a transitar raudamente. Nada de gestos tiernos; nada de despedidas emotivas. Estas escenas se emplearían después como arma. Inquietudes normales. En las canchitas deportivas, nos hicieron formar una larga columna por orden de tamaño y, así, nos dividieron en once secciones de 39 a 45 alumnos cada una. Así, conocimos a nuestros Monitores, y luego nos llevaron a nuestras cuadras. Nos habían instruido que llevemos mudas de ropa interior, una escoba de mano, cera, trapos, pasta y cepillo de dientes, betún y escobilla de zapatos, maquinilla de afeitar, todo en un saco pequeño, junto con un candado. En las cuadras nos asignaron los roperos, así que el contenido magro de nuestros sacos, fue lo primero que colocamos como poseedores de esas cuadras.

Los recuerdos de esas primeras semanas del obligado y rígido adoctrinamiento, se recuerdan no tan vagos como uno supusiera. Lo cierto de ese encierro, visto hacia atrás, es que parece increíble que uno tenga tratos tan familiares y de confianza con quienes apenas conoció esa mañana de abril, y con quienes se ha convivido y soportado durante tres años los rigores del encierro y de la vida militar. Salvo algunos compañeros que se conocían de la academia en que se prepararon para aprobar el concurso de admisión (con examen médico, de aptitud física, de conocimientos, psicotécnico y entrevista personal), y aparte de lgunas caras que resultaban familiares de las etapas del concurso, éramos totalmente desconocidos. Y nos hicimos hermanos.

Recuerdo que la primera noche dormimos en ropa interior, para no arrugar la ropa con la que nos internamos (camisa, pantalón), pues no nos entregaron el uniforme sino pasados algunos días. Felizmente los colchones de espuma, juegos de sábana y colcha (aún no las frazadas), cuyos olores a nuevo todavía llevamos metidos en las narices, nos lo entregaron el primer día. Semanas más tarde, betún, papel higiénico, prendas de cabeza, botas, útiles escolares, maletín, zapatillas, camisetas, buzos. A los pocos días, en pleno patio de armas, nos raparon a todos. El primer almuerzo, fue un caos de chicha morada y arroz con pollo, pues no teníamos jefe de mesa. La mesa terminó un muladar. Luego se internaron los cadetes de cuarto y quinto y empezaron las pugnas de poderes. Las guardias, los plantones, las noches sin dormir, las sanciones físicas, la manera de descubrir nuevas formas de evasión, la medida del uniforme de salida, las prácticas de tiro, las salidas sin uniforme por el paro armado, el shock económico, el curso de monitores, marchas de campaña; y Valer, Juan Valer Sandoval, que desde allá arriba debe estar sonriendo de medio lado, y practicando su voz más ronca debe estar diciendo: “¿!Ven que cuando se proponen algo, les sale bien, so mierdas!?”

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