9.03. CMLP III – 1946/48


3ra. Promoción del CMLP: ¡Presente!

Pasadas las nueve de la noche del domingo 31 de marzo de 1946, comenzamos a llegar al Colegio los trescientos adolescentes de la tercera promoción recientemente ingresados, unos portando maletines y otros bolsos marineros. Un suboficial nos indicó el pabellón con las cuadras en las que habríamos de aposentarnos. Nos distribuyeron las camas tipo camarote de dos pisos y los roperos contiguos por orden alfabético.
La historia que sigue es individual y colectiva.
Los treinta cadetes de la segunda sección, en la que me ubicaron por mi talla,no nos conocíamos, aunque recordaba a algunos con quienes había tratado brevemente durante los trámites de ingreso.
Sobre las once de la noche el bullicio era total; todos hablábamos, unos más que otros. Unos quince vivían en Lima, los demás veníamos de otras ciudades. De pronto sobrevino un altercado a causa de la altanería de uno, seguido de un pugilato que terminó con el viaje del primero a la enfermería. Luego de las dos de la mañana, el silencio se fue apoderando de las cuadras a medida que entregábamosal sueño nuestras almas y cuerpos fatigados y ahítos de emociones.
Ya provistos de los uniformes de aulas y de fajina, comenzamos las clases. Éramos estudiantes del tercer año de secundaria revestidos de militares, aunque es posible que muchos se sintieran más militares que estudiantes.
Como hasta comienzos de julio de 1946 no nos entregaron los uniformes de salida de invierno,los sábados abandonábamos el Colegio con nuestra ropa de civil. Esta circunstancia tuvo que ver con cierta situación que sobrevino por esos días.En junio de ese año debía efectuarse el campeonato interescolar de atletismo de Lima, el primero en el que intervendría el Colegio. La selección y preparación de nuestros atletas fue planeada como un operativo militar dirigido por el subdirector, un comandante del Ejército, y confiada a los profesores de Educación Física, que eran los mejores de Lima. A los atletas escogidos les suministraron una alimentación especial y los dispensaron de asistir a clases mientras entrenaban. El día de las pruebas en el Estadio Nacional, nos instalaron a todos los cadetes en la tribuna de occidente, los del cuarto y quinto año ataviados con sus uniformes de salida, y los del tercero con nuestra ropa de civil. Como era de esperar, casi todas las pruebas fueron ganadas por nuestros atletas ante nuestra algarabía organizada y el silencio estupefacto de los alumnos de los otros colegios participantes. Terminado el campeonato, salimos eufóricos en masa por la puerta principal del estadio en dirección a la avenida Arequipa. Y, de pronto, en la cuadra siguiente vimos una masa de alumnos de los otros colegios que nos aguardaban amenazantes. Nos detuvimos. Una andanada de piedras llegó hasta unos veinte metros delante de nosotros. Sin embargo, continuamos nuestra marcha, hasta que una voz nos ordenó detenernos. Era de un animoso oficial,quien dispuso que los cadetes vestidos de civil formaran los primeros rangos para no comprometer a los cadetes uniformados. Lo hicimos de inmediato (“las órdenes se obedecen sin dudas ni murmuraciones”) y, avanzamos con una mano en la frente a manera de escudo contra las piedras. Llovieron todavía algunas, pero cuando llegamos a la próxima cuadra nuestros improvisados enemigos habían desaparecido. Ese año y los dos siguientesel Colegio ganótodos los campeonatosdeportivos interescolares y se impuso en algunas pruebas en los campeonatos con los institutos armados y algunas entidades civiles.
Como los cadetes de las otras promociones, nosotros éramos similarescomo alumnos del Colegio Militar, y distintos personalmente. Veníamos de hogares de diferentesniveles económicos, sociales y culturalesy de varias ciudades. Los cien primeros en el ingreso, por los departamentos en los que habíamos nacido, eran becarios; y los doscientos siguientes, pagantes. Tuve que estudiar mucho para alcanzar una beca, pero estaba habituado a hacerlo. La competencia continuó en los tres años siguientes, y hasta los más indolentes tuvieron que alinearse con los demás. De hecho, la pertenencia al Colegionos estimulaba a estudiar y nos creaba una responsabilidad singular.
Los profesores eran civiles, los mejores de Lima, según lo supe después, varios, catedráticos universitarios y algunos con estudios en Estados Unidos y Europa. De ellos quien me ha dejado los recuerdos más duraderos fue el profesor Carlos Mendoza Valenzuela de Matemáticas. Era un iqueño de unos cuarenta años, rostro prieto, cabellera densa y talla mediana, vestido siempre con trajes azul oscuro, que rezumaba aplomo y lo comunicaba a sus alumnos. Su voz resonaba con claridad mientras la tiza en su mano dibujaba las fórmulas algebraicas en la pizarra, cuyo misterio desvelaba, conduciendo a resultados que nos parecían diáfanos. Subyugado, yo le entendía todo, y creo que los demás cadetes de la clase también. Después de la primera exposición, nos exigía que la reprodujéramos en nuestros cuadernos. En cierto momento, le dio por iniciar las clases relatando algunas de sus experiencias y andanzas personales: didáctica para la vida—decía— necesaria para adolescentes expuestos a las influencias no siempre limpias de las calles y ciertos sitios. Y ningún cadete resistía su autoridad personal, subrayada por el brillo de burla afable en su mirada. En el cuarto año nos enseñó Geometría. Algunos años después, mis recuerdos de las fórmulas matemáticas se habían desvanecido, pero no las anécdotas que nos relataba. La vida me lo puso delante muchos años después de haber salido del Colegio, en circunstancias difíciles para él y tuve entonces la oportunidad de servirlo en un caso judicial. Varias décadas más tarde, nos encontramos en la calle. Su talante y manera de vestir no habían cambiado, pero en su rostro y cabello se veía el paso del tiempo. Los recuerdos se agolparon y continuamos despertándolos en una cena en mi casa con algunos condiscípulos a quienes pude contactar.
En la antípoda de Mendoza fue colocado el profesor de Literatura por la mayoría de nuestra sección. Aunque dominaba esta asignatura su tono implorante y débil, que suscitaba las burlas desvergonzadas de muchos cadetes, les resultó fatal a mis condiscípulos. Nunca entendieron la importancia de las obras literarias y, tras egresar del Colegio, siguieron desconfiando de su lectura u odiándolas o no les atribuyeron importancia. Sin saberlo renunciaron así a elevarse a los altos niveles de la cultura. Yo viví siempre aparté de esa lamentable corriente. A mí me gustaba leer y escribir, y en agosto de 1948 gané el primer concurso interescolar de Literatura que me reportó además un jugoso premio monetario. Para el Colegio fue otro éxito: podía ganar no sólo campeonatos deportivos.
Mis recuerdos de los oficiales y suboficiales del Ejército destacados para encuadrarnos son difusos. Será porque sólo estuvieron un año o porque no igualaban el nivel intelectual de los profesores civiles. De ellos relievo la presencia de ánimo y serenidad del teniente Samuel Ancieta, pequeño de talla, delgado y con una voz aflautada, inaparente para el mando autoritario en los cuarteles. Se portó como debe ser un jefe militar en la acción bélica. Sucedió el domingo 3 de octubre de 1948. Como otros cadetes que no tenían donde hospedarse en Lima y como los castigados, yo me había quedado en el Colegio el sábado. A las tres de la mañana los suboficiales de guardia nos despertaron con la novedad de que teníamos que armarnos y defender el Colegio ante la posibilidad de que los insurrectos de la Marina quisieran tomarlo. Nos congregaron frente al comedor y nos entregaron a cada uno una cacerina de cinco cartuchos. Éramos unos cincuenta. Unos tres oficiales, de esos que gritan por sistema, caminaban nerviosos de un sitio a otro, reprendiéndonos por nada. Un momento después apareció Ancieta, y de la manera más natural y con un tono firme y convincente nos habló de lo que podría venir y lo que deberíamos hacer, y procedió a distribuirnos por pabellones. El temido ataque no se produjo y a las cuatro de la tarde nos hicieron saber que la insurrección había sido debelada. No volví a saber del teniente Ancieta, ni de los otros oficiales. La excepción fue la del entonces capitán José Graham Hurtado, quien estuvo en el Colegio en 1946. Traté mucho con él de1970 a 1975, cuando era general y prominentemiembro del equipo que acompañó al general Juan Velasco Alvarado.
En los tres años que pasamos en el Colegio, vestidos y disciplinados militarmente y viviendo juntos, nuestras mentes frescas y apetentes recibieron una excelente educación para la formación profesional y la concurrencia que vendría después. Incluso las “contras” que algunos tirábamos fueron audaces e inocuos ensayos de acciones peligrosas, en mi caso para probarme que sí podía hacerlas con éxito, más que para ver alguna película sensacional en el cine Bellavista, como Gilda interpretada por la rutilante Rita Hayworth.
Y esos años volaron. Se diría que diciembre de 1948 había llegado sin que nos diéramos cuenta. Nos separamos ignorando lo que la vida nos depararía en adelante. En algunos afloraba cierto triunfalismo, otros se sentían ya generales y almirantes, y en todosbullía la nostalgia agradecida por ese período de nuestra vida militar.
Luego, los años siguieron pasando. Unos fueron personas de bien y gente notable en sus actividades, otros no tanto. También en esto fuimos diferentes. La amistad que reunía a algunos en el Colegio se mantuvo, por lo general. Hubo muchos a quienes no se les volvió a ver.
Una reflexión final: nuestra educación en el Colegio Militar le costó mucho al Estado peruano en comparación con la de otros adolescentes de los colegios públicos; ¿le dimos a nuestro país algo más trascendente que nuestros proyectos personales que se deslizaron por los meandros de la historia con la masa gregaria de otros proyectos semejantes?
(27/7/2018)
Jorge Rendón Vásquez,
Profesor Emérito de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, exprofesor de la Université Paris-Nord.

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