El encuentro

EL ENCUENTRO

Eduardo Del Aguila Horna   Cuarto puesto  –  Certamen cultural 2018

Diez de Marzo, se cumple un aniversario de ingreso al Colegio Militar Leoncio Prado, la costanera, reluciente y bien pavimentada, el muro gris, contrasta con la señorial figura del pabellón central del Colegio Militar; sobre el verdoso mar se avista a lo lejos el perfil de la isla San Lorenzo. Va llegando un grupo de veteranos cuyos rostros reflejan los años vividos, entre saludos y efusivos abrazos los que tienen mejor memoria pronuncian nombres, apellidos o alguna chapa; la conversación fluye como el viento trayendo recuerdos y añoranzas, cual fotografía del pasado, cuando esos jóvenes adolescentes acompañados por sus madres llorosas o por algún familiar que les daba la despedida iniciaban una nueva etapa en su educación, ingresando a la ciudad de los perros.

Cierro los ojos y vienen a mi memoria los diálogos compartidos en los encuentros de los últimos años. Carlos, Alfonso, Erick y el infaltable Fernando aparecen en mis lejanos recuerdos, como en aquella fría mañana en que la humedad cubría las veredas mientras Carlos cavilaba como llegar hacia su amada para susurrarle un “te quiero”… Un enorme muro lo separaba de la libertad de correr hacia ella sabiendo que el evadirse seria sancionado drásticamente con expulsión del Colegio. La oportunidad se dio y aunque nunca antes lo había hecho, colocó el grueso borceguíes en un saliente…había dado el primer paso de su angustiosa aventura…dos saltos más y ya estaba descolgándose por la parte exterior del muro. Mientras cruzaba la avenida La Paz escuchó el conocido sonido de corneta que indicaba que las clases vespertinas habían concluido. Apresurando el paso llega al tranvía y se confunde entre escolares que regresan a su casa. Parado frente a la casa de su adorada, espera la consabida señal… pronto la noche gano a la tarde y pudo distinguirla cerca a la ventana, pensó en ella fuertemente, diciéndole mentalmente que se asomara, logrando cruzar sus miradas enamoradas.

Por fin juntos, la tomo de la mano y sin decir palabra, la estrecho en su pecho para besarla apasionadamente, perpetuando el momento en un tiempo indefinido, de pronto y regresando a la realidad, se apresura para llegar al toque de lista de las ocho de la noche o su permanencia en el colegio estaría perdida.

El arrogante muro lo desafiaba, ¿cómo volver a vencerlo? Sonó la corneta indicando la llamada a lista, cuando sintió por fin que había logrado dominarlo, se descolgó, y ya en el suelo, sintió dolor en las piernas, corrió llegando exacto para decir “Presente”.

En el silencio de la noche el toque de corneta indicaba el final del día, mientras la figura de su amada, le decía: “Valió la pena arriesgar para encontrarnos”.

Cuatro años tenía Alfonso cuando por primera vez sintió el pánico de la caída, el choque del agua fría de la piscina del Centro Deportivo Militar donde lo llevo su padre; floto fácilmente hasta llegar al otro extremo de la piscina. Su vigor y agilidad serían los rasgos prematuros de su futura vida deportiva. Con el devenir de la adolescencia su cuerpo fue formándose fuerte y atlético, sus largas piernas y la ligereza de sus brazos le hacían posible saltar hasta volar, correr como gacela y nadar como un delfín. Ingresar al Colegio Militar le permitiría completar su formación con un recio y disciplinado carácter que complementaba su dinamismo en cuanta actividad deportiva participaba. Atletismo y natación acompañaban el éxito de su vida.

Pasaron los años y las Olimpiadas de Ex cadetes del Colegio Militar serian el escenario perfecto para competir en cuanta prueba de atletismo y natación se presentara. Ahí estaba él. Cuerpo y mente exitosos complementándose, llenando su pecho de medallas, por los éxitos alcanzados. En un domingo soleado, gano las pruebas individuales de natación y llego la posta, volvió a competir, sus fuerzas se agotaban, en esa lucha por dar más, apareció en su mente la figura de su padre tirándolo por primera vez a la piscina; por fin llego a la meta…. Medalla de Oro. Durante la premiación miro hacia la piscina y se agolparon los recuerdos, en esta había aprendido a nadar… se habían vuelto a encontrar y la había vencido.

Cuando Erik concluyo sus estudios en el Colegio Militar y como corolario de su formación escolar ingreso a una Universidad de los EE UU de Norteamérica, dedicándose después a viajar por Europa, Asia y América; el mundo se había achicado para él. Después de un largo tiempo regreso al Perú, el valle del Huallaga seria el centro de sus actividades comerciales en un escenario de desbordante vegetación y hermosas caídas de agua en donde la vida valía un carajo, los grupos terroristas del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru y Sendero Luminoso habían quebrado la paz de esta hermosa zona económica del país. Transitar por sus caminos eran un gran desafío, seguir laborando en esta zona dependía de muchos factores, esencialmente disciplina, trabajo bien organizado y una alta moral, los días pasaban y la tentación de salir de la zona lo agobiaban. Un buen día recibió la invitación para la ceremonia de rencuentro en el Colegio Militar. Un 27 de Agosto después de los abrazos y desfile de ex alumnos, pasaron al comedor de cadetes, ahí estaban las mismas mesas, la misma vajilla y algunos mayordomos de la época de estudios, a lo que se sumaron también los frijolitos con arroz y el juguito del seco de carne, grandes recuerdos de una adolescencia en que comer era una de las más grandes satisfacciones de la vida. Entre cucharada y cucharada, la conversación con amigos de toda la vida adornada por música y comida peruana, era realmente un placer; valía la pena tomar la decisión de seguir en el valle del Huallaga, quedarse a trabajar en esa tierra bendita y maldecida en ese momento. El encuentro había sido muy provechoso y como dice la canción “todos vuelven a la tierra en que nacieron”,

Fernando siempre destaco en cuanta actividad participaba, una de ellas era dirigir la barra de las olimpiadas internas del Colegio Militar, ese gran acontecimiento en la vida del cadete lenciopradino es la mejor demostración del espíritu promocional y de liderazgo generacional. La barra con Fernando siempre fue un espectáculo aparte, él hacía que los movimientos, gritos y lemas de los integrantes de la promoción, sean una demostración de cohesión y motivación para los competidores; era la fuerza imperativa para ganar.

Ganarle a la vida siempre fue su estímulo, al término de sus estudios como cadete, ingreso a una destacada universidad y aunque era un buen estudiante, la mensualidad afectaba la canasta familiar; pronto su ingenio lo llevo a laborar como supervisor de disciplina en un colegio secundario, sus dotes de disciplinado ex cadete lo convirtieron en un formador de juventudes. La vida lo llevaría a desafiarla, encontrando solución a cuanto problema se presentara. Ser emprendedor fue parte de su personalidad. “Caballito”, “Pura sangre” o “Serrano duro” eran las chapas que alegremente empleaba para calificarse. El café humeaba en su taza, un cigarrillo entre sus dedos y con un lenguaje coloquial buscaba siempre cumplir con lo prometido. Algunos de sus detractores, le decían el “figuretti” pero a él no le importaba, lograba comercializar toneladas de café sin tenerlo, su habilidad, fiabilidad y espíritu de trabajo hacían que el café de su natal Quillabamba llegara a todas partes del mundo dejando buenas ganancias a sus queridos paisanos.

Acercándose una fecha especial de egresados, sus ideas estaban en donde se tomaban las decisiones futuras, como buen arquero preveía los goles y los autogoles y como buen líder fue elegido Presidente de su promoción, hasta que una nube gris apareció en su horizonte, lucho por su vida con toda su fuerza física y espiritual, pero el día estaba señalado y una fuerte luz vino hacia él……. el encuentro se había realizado.

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