El fantasma de Duilio

EL FANTASMA DE DUILIO

Por: José Hinojosa Bisso   Primer puesto – Certamen cultural 2018

En una mañana de otoño, Jorge condujo su coche por la avenida La Paz en dirección a La Perla. En ese distrito del Callao se ubicaban las seis hectáreas del Colegio Militar Leoncio Prado, lugar donde a partir de ese día y por casi dos años se desempeñaría como asistente del Jefe de Obra, en la reconstrucción del emblemático plantel escolar. No era éste su primer trabajo, pero sí, el primero que haría fuera de la empresa familiar. El joven arquitecto era hijo único de un matrimonio surgido en el ámbito de la construcción. Sus padres se habían conocido mientras laboraban en una importante empresa contratista general de Lima. El era ingeniero civil y ella arquitecta. Desafortunadamente a los pocos años de nacer Jorge, la pareja se divorció y el padre renunció a su puesto para trabajar por su cuenta, mientras que la madre continuó laborando ahí.

Poco a poco el ingeniero vio crecer a su empresa, a la par que a su hijo, aunque para su disgusto, bajo la tutela materna. El trato sobre protector de la madre, molestó siempre al papá, quien como hombre de barrio que era, quería que su hijo supiera hacerse respetar en cualquier circunstancia o lugar. La influencia de la madre sobre Jorge también fue vital para que el estudiara arquitectura y en la misma facultad donde ella lo había hecho.

Luego de graduarse, Jorge laboró por mas de tres años en la empresa paterna, pero le disgustaban las críticas que su progenitor hacía por el débil carácter que mostraba en su relación con el personal. Por otro lado el ingeniero pensaba que sería saludable que su hijo laborara por algún tiempo lejos de su influencia y ver que pasaba. Conversó con varios colegas y amigos, y supo así de la reciente renuncia de un ingeniero de la empresa que ejecutaba la reconstrucción del colegio militar. También, que era urgente la sustitución del renunciante y aunque Jorge era arquitecto, bien calificaba para el puesto. Cuando el papá le sugirió solicitarlo, este no tuvo alguna duda en hacerlo. Para beneplácito de ambos, el joven fue entrevistado y contratado casi de inmediato.

Jorge llegó al Leoncio Prado justo a tiempo. Media hora mas tarde y luego de haberse instalado en la oficina que le asignaron, ya se encontraba realizando el tour de bienvenida al lado del Jefe de Obra, quien le iba indicando las funciones que tendría a partir de entonces. Recorrieron casi todo el colegio y pudo apreciar que la mayoría de los viejos edificios ya habían sido demolidos. Llamó su atención una edificación que aún estaba en pie y en cuyo frente podía leerse en letras de bronce: “Pabellón Duilio Poggi”, preguntándole al jefe sobre aquel personaje. Este dijo que le presentaría a un ingeniero que era ex cadete leonciopradino, y sabía todo lo que a el le podía interesar sobre el colegio militar.

Horas después mientras almorzaban, Mario Chávez le contó a Jorge como fue que por salir en defensa de una dama que no conocía, el cadete Duilio Poggi Gómez de solo 16 años, se enfrentó a un individuo que lo superaba en físico y edad. Y que debido a las lesiones recibidas en la desigual pelea, el joven había fallecido algunas horas después. También le contó que aquel crimen había quedado impune y existía una leyenda desde entonces. Ella decía que el alma en pena de Duilio recorría el colegio y sus alrededores, velando por la seguridad de quienes pertenecían a él. Al oír eso Jorge casi suelta la risa, pero al ver que Mario permanecía muy serio, optó por morderse la lengua. Este continuó hablando y recordando los servicios de guardia nocturna, llamados “de imaginaria”, dos horas que parecían eternas y en las que a pesar del ruido de las olas al romper en la playa cercana, parecía a veces sentirse la presencia del alma del héroe juvenil. El almuerzo llegó a su fin y también la inquietante narración de Chávez. Tras despedirse, Jorge se dirigió pensativo a su oficina. El no era capaz de matar ni a una mosca y no entendía de donde había sacado valor ese adolescente para una acción que lo había conducido a la muerte.

Al día siguiente se inició la demolición del pabellón Duilio Poggi. Jorge vio entonces que retiraban las letras de bronce del frente y descuidadamente las lanzaban sobre unos desperdicios. Esto le molestó y ordenó de inmediato que las colocaran en un par de bolsas y las llevaran a su oficina. Sin querer, el arquitecto había tomado contacto con la mas antigua leyenda del colegio militar.

Algunas semanas después, Jorge ya se había adaptado al puesto de trabajo que tenía. Había surgido una buena amistad entre él y Mario Chávez, incluso este lo había animado a salir a correr cada mañana, ir periódicamente al gimnasio y le estaba enseñando defensa personal, algo que Mario conocía muy bien pues había practicado karate desde muy niño. Jorge por supuesto, no comentaba nada de esto último. A su madre seguro le hubiera dado un ataque de histeria si se enteraba.

Pasó el tiempo y la construcción de los nuevos edificios se encontraba en plena marcha. Una tarde mientras Jorge caminaba en dirección a un andamio en el que unos obreros trabajaban en lo alto, la presencia cercana de un cadete llamó su atención y le hizo detenerse un instante. Era el primero que veía, pues ellos se encontraban ubicados en otras instalaciones militares hasta que terminara la obra. Iba a reiniciar la marcha cuando el estrépito de una gran herramienta eléctrica al caer del andamio delante de él lo dejó congelado. No había duda que si hubiera dado unos pasos mas, de nada le hubiera servido el casco que llevaba, ante tremendo impacto. De inmediato se acercaron al lugar algunos trabajadores y entre ellos el ingeniero Chávez bastante alterado. Jorge le contó entonces que se había detenido al ver a aquel cadete de uniforme azul y quepí blanco y eso le había salvado probablemente la vida. Mario le dijo que debió ser su imaginación, pues ningún cadete había llegado de visita, pero sobre todo porque el uniforme actual de ellos era con quepí azul y el que había descrito parecía ser el de los primeros años del colegio militar, curiosamente, el mismo que había llevado en vida el héroe Duilio Poggi.

Transcurrió más de un mes desde el incidente del andamio y Jorge no había podido olvidar aún lo ocurrido. Ese día, trabajó hasta tarde en un importante informe e iba a encontrarse con unos amigos en un restaurante de La Perla. Salió en su vehículo por la avenida Costanera y dobló por la calle Prado para tomar la avenida La Paz, pero antes de llegar a ella notó que iba con un neumático algo desinflado. Era la zona más oscura alrededor del plantel, así que con desgano y algo de temor bajó del vehículo.

Mientras sacaba el neumático de repuesto vio que dos tipos se acercaban velozmente hacia él, con la evidente intención de asaltarlo. En ese momento Jorge, a quien todo el pensamiento racional le decía que entregara sus cosas de valor si se lo exigían, hizo lo más inesperado, tomó con la mano derecha una barra de fierro de construcción que usaba como palanca de la gata hidráulica y una llave francesa con la mano izquierda, decidiendo no entregar nada al par de delincuentes. Estos, blandiendo un verduguillo uno y un tubo de fierro el otro, fácilmente arrinconaron a Jorge contra el muro del colegio y pareció que la suerte estaba echada contra él. Sin embargo sus largos brazos y la velocidad con la que se movía pudieron mantener a raya a sus atacantes.

Los ruidos que surgieron del enfrentamiento fueron oídos por los ocupantes de la vivienda más cercana quienes de inmediato llamaron al teléfono de emergencias. En ese mismo instante un traspié de Jorge fue aprovechado por el que tenia el tubo, alcanzándolo en la frente. Un grueso hilo de sangre le empezó a resbalar por el rostro mientras el cansancio se iba apoderando de su cuerpo. De pronto la suerte de Jorge cambió. Vio a su izquierda a un muchacho de quince o dieciséis años armado con un objeto contundente venir en su ayuda y se emparejó la contienda. Tras unos minutos que parecieron interminables el sonido de una sirena a lo lejos, fue señal de que el auxilio llegaba e hizo huir a los delincuentes que rápidamente desaparecieron de la vista de Jorge.

Antes que llegara el vehículo policial, la pareja que había hecho la providencial llamada se acercó al arquitecto y notando que sangraba, lo llevaron a la sala de su casa para atenderlo. Mientras le curaban la herida les preguntó por el joven que había estado peleando a su lado minutos antes. Ambos esposos se miraron a los ojos con cara de sorpresa y le aseguraron que en todo momento habían visto solo a él, enfrentando a los asaltantes. Jorge quedó mudo de asombro, era la segunda vez que le ocurría algo tan extraño. Se preguntó entonces si había sido real o fruto de su imaginación la ayuda recibida. ¿Sería cierta la leyenda del fantasma de Duilio Poggi? Sonrió. Lo que si sabía con certeza era que el joven héroe leonciopradino de alguna manera le había cambiado la vida para siempre. En adelante, ya no le temería a nada… ni a nadie.

 

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