Tantos años sin Cortázar

César Hildebrandt Pérez Treviño XIX

Empecé mi “carrera” de periodista escribiendo unos artículos sobre Julio Cortázar. Tenía 17 años y no sabía qué hacer con ellos. Hasta que un día decidí llevarlos a “Expreso”. Recuerdo mi timidez para trepar las escaleras que conducían a la oficina de Manuel D’Ornellas, que en esa época era jefe de la página editorial del diario de Manuel Ulloa.
D’Ornellas los leyó mientras yo aguardaba, con las manos sudadas, en una silla. -Están bien —dijo con voz suave—. Los voy a publicar. Aquí pagamos muy poco por estas colaboraciones. -No importa —mentí—. Lo que me interesa es que se publiquen. Así empezó todo esto. Quizá por eso siempre he creído, ilusamente, que periodismo y literatura son primos hermanos, compinches de la cosa, socios en el amor por el idioma. “No quiero llegar a ser un viejo decrépito”, dijo alguna vez Julio Cortázar. Y se murió pulcramente a los 70, antes de ser un viejo de verdad siquiera. Los rufianes del chisme dicen que se murió de sida, como si eso importara. Se murió, sencillamente. Pero dejó una obra que lo sobrepasa, un ejemplo de coherencia que los tránsfugas siempre le envidiaron, y un modo de ser y de leer, de escribir y de jazzear, de puntuar y de vocear que lo hacen único e inolvidable. Cortázar fue un escritor genial que no quería honores. Lo que tuvo siempre fueron lectores. Y lo que podía regalar era estilo.
Hay escritores de enorme talento sobre los que pesa, sin embargo, la desgracia de carecer de firma. Son buenísimos pero jamás le sacaron al idioma una franquicia que les permitiera algunas exclusividades (que en eso consiste el estilo, no me digan).
Cortázar, en cambio, dejaba la huella de un bisonte en cada página. No hay cómo con-fundirlo. Allí están sus parrafadas enormes que imitaban el oleaje, su antisolemnidad, su incapacidad orgánica de ser huachafo, sus cuentos sin sobras, sus guiños anarcosurrea-listas, sus burlas despiadadas, su intelectualismo moteado de ternura (ejemplo: algunas conversaciones de Lucía —la Maga— con Horacio Oliveira).
Y por encima de todo eso estaba la marca Cortázar: un modo personal y brillantísimo de entender la narración, de quitarle sonsonetes al idioma, de incorporar ráfagas de monólogo interior sin perder de vista la exterioridad del relato. Y unas ganas de joder que sólo podían venir de un hombre lúdico y de un espíritu libérrimo. Ejemplo clásico de estas ganas es el idioma inventado en “Rayuela” (el glíglico) para describir el sexo entre la Maga y Oliveira (O debería decir entre la Maga y cualquiera?). El glíglico consistía en frases como esta: “Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa…”
La primera vez que leí “Rayuela” era un’ adolescente que hacía a solas “su universi-dad”. Leyendo esa página de jerga de cama (y hasta de camastro) reí como sólo puede reír un muchacho que quiere tragarse al mundo. Y lo increíble es que ahora, muchas (demasiadas) décadas después, el “glíglico” me sigue alegrando y entonando.
Valga este recuerdo para quienes sólo quieren evocar al Cortázar comprometido y casi nicaragüense. Ese Cortázar valía —aunque escribió una mala novela que se llamó “Libro de Manuel”—, pero a su lado siempre estuvo el Cortázar intemporal que me cambió la vida con su prosa de gabardina sucia.
Y no hablo, claro, sólo de “Rayuela”. Hablo también de sus cuentos —los mejores que se han escrito en la literatura latinoamericana—, esas piezas maestras que nos llevaban al desespero (los de “Bestiario”), o a la parodia de la inviabilidad social (“La autopista del sur”), o a los lugares menos soleados de la creación (“El perseguidor”).
Cortázar fue un cuentista magistral de muchísimos cuentos y el novelista supremo de una sola novela. Y esa fue “Rayuela”, un libro actualmente olvidado, quizá porque nada tiene que ver con los aspartames seudoliterarios que hoy cotizan las editoriales y sus mafias.
“Rayuela” es uno de los pocos libros que me hizo mirar al mundo de otra manera y a la literatura de otra manera y al amor de otrísima manera. Jamás podré olvidar a la Maga siendo leal a Oliveira y defendiendo su soledad de hembra deseada en el París que hablaba de Mondrian: “-No sea asqueroso —dijo monótonamente la Maga—. ¿Qué gana con querer embarrar a Horacio? ¿No sabe que estarnos separados, que se ha ido por ahí, con esta lluvia?”
No hay muchos libros que te abran los ojos y que te llenen los oídos. “Rayuela” es uno de ellos. Y hoy he sacado de un estante el viejo libro —decrépito, él sí— y lo he ido brincando y salteando como si fuera lo que es: una rayuela, el juego misterioso que Cortázar nos hizo jugar, el juego que termina en un cielo pintado con tiza en una acera.

 

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