Lavado y secado

Estaba el miércoles pasado participando en un panel por el Día de la Gestión Pública, el evento anual que organiza la Universidad del Pacífico, y mientras escuchaba las intervenciones de los empeñosos funcionarios que habían asistido, una macabra idea me venía a la mente: ¿Cuántos de estos funcionarios terminarán con denuncias penales? ¿Cuántos se convertirán en “apestados” por haber trabajado alguna vez en un gobierno corrupto?

Todo esto surgía el mismo día en que El Comercio y otros medios de comunicación hacían otra revelación bomba: Valdemir Garreta, el brasileño ex publicista de Susana Villarán, había declarado que OAS y Odebrecht le pagaron para trabajar en su campaña contra la revocación. De lavadora de banderas a investigada por lavado de activos y corrupción. La ironía perfecta para los rivales políticos de Villarán y, en especial, para los rencores de quienes ya tuvieron su turno por el banquillo de los acusados por su paso durante el fujimorismo de los 90.

Esa es, pues, la imagen completa de nuestra política y nuestros gobiernos a todo nivel. Un ciclo completo, para seguir usando el lenguaje de lavadora. Primero eres gobierno. Luego un gobierno que era un desastre, un año después de terminado el mandato. Después, detectan que eras corrupto. Te procesan penalmente, pasan unos años y si no terminaste en la cárcel (o si ya saliste o te anularon el juicio) puedes volver al ruedo. Toma entre 10 y 15 años el proceso de pasión, expiación y reconversión en reserva moral.

Será quizá por una mezcla de desconfianza con indolencia, pero la verdad es que poco me importa el ciclo de vida y reciclaje de los políticos. Me importa más el ciclo de vida del funcionario público. El de verdad. El que se preparó, estudió su maestría, hizo carrera durante varios años y todavía acude a estos seminarios para seguir aprendiendo. Ese que pone en riesgo su reputación y futuro profesional cuando decide entrar a trabajar al Estado, porque, como el Caso Lava Jato está demostrando, es muy probable que alguien de su entorno o algún alto mando político haya estado involucrado en un delito de función.

Como interesado en políticas públicas, suelo leer, analizar y criticar el desempeño de los servidores públicos, el excesivo intervencionismo estatal, el desapego de la realidad del que algunos funcionarios hacen gala. Creo que viene con el cargo, y habiendo trabajado antes en el Estado, me parece una crítica válida y honesta. La que me incordia es la crítica politiquera. La que para golpear a PPK, Villarán, Humala, García, Toledo o Fujimori, crucifica a todo aquel que hubiera desempeñado un cargo público con ellos. Los que hoy meten a todos los “progres doble moral” en un mismo saco, ayer responsabilizaban de la corrupción a los “tecnócratas de derecha”, y hace dieciséis años culpaban a los “privatizadores entreguistas” que acompañaron a Fujimori.

Está, por supuesto, el crítico político interesado, que quiere embarrar a todos los que están en el poder porque ansía el día en que le toque ocupar sus puestos. Y también están los expertos de tribuna, esos que nunca han pisado una cancha ni sudado una camiseta, pero les dicen a todos los jugadores cómo deberían transitar la pelota por esa enorme cancha llamada Estado.

Mírelos bien, apreciado lector. Pocos son los verdaderos preocupados por lavar las percudidas prendas estatales. La mayoría está interesada en secar el Estado.

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