¡Envidia!

Por: Hernando Sequera

La envidia es una declaración de inferioridad 

Definitivamente el ver gozar a otros lo que tanto desea o el ver que otro posee lo que se quisiera poseer puede desatar en el ser humano pasiones que de no controlar con prontitud contribuirán a destruirlo lenta e inexorablemente. La vida del envidioso es un infierno, pues nunca va a alcanzar eso que tanto desea, bien sea, porque no tiene las cualidades innatas que caracterizan al ser objeto de la envidia o no posee su fortuna, entendiendo por esto último su “suerte”.
Esta es una pasión tan vergonzosa, pusilánime y sin valor de espíritu que nunca nadie va a admitirla. Sin embargo, el envidioso en un acto desesperado e inconsciente declara ya sea con palabras o simplemente con hechos que es menos como persona tanto en cantidad como calidad. Frases como:
¿Viste el teléfono que se compró la secretaria? ¿De dónde sacará el dinero?
¡Mujer! ¿Qué hiciste para tener un hombre así? O acciones como destruir un bien de otro (rayar un vehículo), comprar un objeto igual o parecido al del otro, ponen al descubierto esa innoble pasión.
La sutileza de sus comentarios y la audacia de sus acciones hacen que el envidioso sea difícil de descubrir. La envidia se puede disimular bajo una doble cara: una la de la fachada de amabilidad y simpatía desbordante, la otra la del enorme respeto y admiración. Ambas pueden provocar que esos comentarios o acciones pasen como inofensivos, siendo que su mordida ya ha sido en muchos casos mortal.
Alessandro Mazariegod decía: Si no crees en ti mismo siempre sentirás envidia por los demás y la felicidad de otros será tu mayor desgracia…

Por ello nunca dejes de brillar. Irradia siempre una Luz que lacere a quienes intenten apagarla con críticas y murmuraciones cargadas de ingenio y malignidad o con acciones innobles.

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