05 de abril del 2001

Hoy, a las seis de la mañana, intenté repetir mis movimientos de hace exactamente 50 años cuando, como aspirante a cadete del Colegio Militar Leoncio Prado, estuve a esa hora en la esquina de San Miguel, donde se inició mi periplo por la vida real y, de pasada, abandonando la niñez para siempre.

Y como hace 50 años atrás, puse el despertador a las cinco y media; me vestí apurado y salí con el alba, hacia la esquina de la historia —además de histórica— conformada por la avenida Bertolotto y calle La Mar, en el distrito de San Miguel, a cuatro kilómetros del Colegio Militar.

Esta vez también, como un homenaje al pasado, allí, premunido de tres adminículos de los cuatro que llevamos: una tijerita, un paquete de agujas y un carrete de hilo rojo. En esa oportunidad llevamos también 50 etiquetas de tela de, aproximadamente, 8 por 4 centímetros, destinadas a que los viriles cadetes que seríamos, les bordáramos nuestros respectivos números de año, sección e identificación personal para no confundir las prendas en la lavandería del Colegio.

Omití estos últimos especímenes por ser muy difíciles de conseguir a estas alturas de la civilización, en adición a ser un poco exagerado el respeto a un pasado costureril.

Esta vez, cuando llegué a la esquina no encontré a César Cantelli, la única persona que había en cuadras a la redonda, y que, entonces, fue muy fácil identificarlo como un colega precadete porque también llevaba una carterita con los elementos de costura leonciopradina. Hoy yo sabía que no lo encontraría porque César, el `1Judío” Cantelli lamentablemente había muerto en un accidente de aviación cuando joven, muy joven oficial de la FAP.

Esa primera vez llegué en un ómnibus urbano y hoy llegué en mi carro, lo que parece una diferencia notable entre los cincuenta años transcurridos. Durante los 45 minutos que agoté en examinar el ambiente, buscando recuerdos recónditos con mis naturales deformaciones profesionales, elaboré lo que en nuestra profesión se llamaría “memoria descriptiva” que, a pesar de su pomposo título, es, apenas, un texto que permite al ausente rememorar sus propias y particulares vivencias.

La calle sigue siendo ancha, pero se ve que el progreso del cemento la sorprendió distraída porque las veredas están al mismo nivel que la pista, pudorosamente protegidas por un sardinel de 15 por 15 centímetros. Los postes son nuevos, ahora en abundancia, como si por los conductores metálicos pudieran insuflar los adelantos cibernéticos del mundo de hoy. Un solo letrero de 60 por 40 se ve colgado de un poste, a seis días de las elecciones generales: tierra sin votantes o inconquistables por imagen o literatura marketera. Pintado en un sardinel, un tema publicitario de otra vertiente: Se hacen escarchados, teléfono tal.

El progreso, de verdad, sí pasó cerca. Uno de los complicados intercambios de la eufemísticamente llamada Costa Verde sucede justamente a cien metros de la calle La Mar y quienes tuvieran la curiosidad de acercarse hasta la avenida Bertolotto y ver hacia abajo, distinguirían a esa hora. 6:00 a.m.. los numerosos vehículos de tempraneros trabajadores y noctámbulos tardíos.

También podrían aprovechar para ver una extraña construcción de dos pisos desde la avenida, en la mera intersección de Bertolotto y La Mar, con un despliegue estructural que se aprecia, imponente, desde el circuito de playas. No recuerdo qué monumental sueño fue, ni de cuál alcalde, pero hoy es una monumental ruina. Pero si por ahí aparece un loco presidente de la asociación de exalumnos del CMLP y la quiere convertir en la sede principal, me ofrezco desde ya a ser el loco arquitecto que le haga los planos gratis. El colmo del progreso: el probablemente más alto edificio de San Miguel con seis pisos y ninguna cochera, justo, frente a la esquina de mis recuerdos.

Ahora, parado en la mera esquina de los recuerdos, obligo a mis neuronas a recordar cómo era la calle hace 50 años y logro enfocar el frente a la Quinta San Miguel, de dos pisos, con cuatro casitas exteriores y seis interiores, que luce una arquitectura decorosa, que ha soportado el paso del tiempo increíblemente bien, porque ya tendría sus buenos 30 años la primera vez que la vi. Está exacta, y solo a una casa exterior le han agregado en el tercer piso un decadente cuartito acartonado de tres por tres, pero, a cambio, esa casita muestra la delizadeza de tener el único perro de barrio dormitando y oteando, feliz, desde una terraza.

Frente a la casa esquinera, en cuyo muro vi recostarse a César Cantelli hace 50 años, se hizo una “moderna” construcción con ingreso por Bertolotto N’ 910, ahora una joven ruina. A su costado otra ruina colega con el N° 135 de La Mar y, colindando con esta abandonada propiedad, un hostal, con el N° 145, coronado por un inflexible letrero municipal, enorme y autoritario, daando cuenta de su clausura mediante Disposición Municipal N° 693-2000 del honorable Concejo Distrital convenientemente ubicado apenas a 60 metros sobre la avenida Bertolotto y en la mismísima manzana de la quinta. El mundo es un pañuelo.

Otros elementos del “equipamiento urbano”: una cabina de Telefónica y una bodeguita a 100 metros de nuestra esquina, sobre la avenida San Miguel con La Mar. Su nombre de batalla: Patsy, y su especialidad: hamburguesas con chicha morada, a tres soles todo.

Durante mi solitario paseo solo vi en los alrededores una pareja de deportistas haciengo jogging, muy abrigados; un loco que caminaba alternativamente por el sardinel, pista y vereda de La Mar; un repartidor de periódicos que se desplazaba en una camioneta enorme para entregar solo un diario, al N° 160, y un perro vagabundo con síntomas de inanición.

Hace 50, 49 y 48 años respectivamente, desde esta misma esquina salí con el Judío Cantelli, a las siete de la mañana, en un destartalado vehículo que ya no recuerdo si era ómnibus, taxi o camioneta, hacia el Colegio Militar, el que nos llevó por un módico pasaje hasta donde comenzaba nuestro futuro. Después, salí innumerables veces de noche, generalmente los domingos, a golpe de diez y media, en un vehículo ya más formalizado, guardando nuestros cigarrillos en reconditos lugares, más para demostrar nuestra habilidad que por el vicio del tabaquismo, acompañados de cualquier cadete que no tuviese, como yo, el lujo de un familiar con carro o los fondos para financiar un taxi.Ya más adelante, en esa misma esquina, a altísimas horas de la noche, casi a las dos de la madrugada, con un hermano pecador para darnos mutuos ánimos, salíamos, tambaleantes de felicidad cervecera, la que reiteraba semanal y equívocamente nuestra hombría en proceso de formación. En estas circunstancias esperábamos tener un grupo de cuatro o cinco, tomábamos un taxi compartido y hacíamos los cuatro kilómetros cómodamente instalados. Ya habíamos madurado lo suficiente para aprender que un solo pecador recibe más castigo individual que un grupo de pecadores cuyo castigo era prorrateado, y también ya sabíamos que un pecador en taxi tiene más chance de ser perdonado que un pecador en ómnibus, por no mencionar que Ya habíamos comprobado que a los pecadores de a pie no los perdonababan nunca jamás. Ahora, a lo nuestro, a la esquina de los recuerdos infinitos cincuenta años después. Subí a mi carro, deje la tijerita, las agujas y el hilo rojo en la guantera; arranqué despacito mientras dos lágrimas, pequeñitas, me bajaban por la cara. El día comenzaba a clarear y los recuerdos se fueron diluyendo.

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