Recuerdos huatiqueros

Recuerdos Huatiqueros  Por: Marco Aurelio Denegri

El parroquiano de Huatica se expresó así, exclamativo, aquel mediodía del 27 de julio de 1956, en la esquina de Huatica y 28 de Julio, donde estábamos unos cuantos curiosos viendo la partida de las últimas putas. Nos hallábamos frente a una casa que había sido construida veintidós años antes y que todavía existe. En la parte superior del frontispicio de esa casa, que es la de la izquierda, si uno mira al Sur, se ve la inscripción  siguiente: 1934.

 La putería de Huatica terminó, pues, juntamente con el gobierno de Odría. Se había establecido en 1928, pese a la oposición de Luis Alberto Sánchez (él mismo me lo dijo) que era por entonces asesor legal de la Municipalidad de La Victoria. El jirón Huatica, que antes se llamaba 20 de Setiembre y hoy se llama Renovación, se inicia al terminar la primera mitad de la quinta cuadra de la Avenida Grau, puesto que Renovación divide en dos la quinta de Grau, y se prolonga siete cuadras, hasta Sebastián Barranca; siete cuadras que, parecen ocho, porque la primera se divide en dos cuadritas, separadas por la calle Misti. (*) En la cuarta cuadra, entre 28 de Julio y Bolívar, estaban las putas caras: cobraban diez soles por polvo; las restantes, cinco. (Tarifa de 1954).

 Había dos o tres vejestorios extranjeros de escasísima clientela; posiblemente sobrevivientes del grupo muy solicitado de polacas y francesas que hubo en los inicios. En las dos últimas cuadras no había muchas putas, quiero decir, de las que atendían hasta la una de la mañana, pero a partir de esa hora y hasta las cinco de la mañana funcionaba en la séptima cuadra el establecimiento puteril de Luz Gómez, sito exactamente en Huatica 754 y cuyo número telefónico era el 39577.

 (Véase la Guía Telefónica de Lima, Callao y Balnearios, primera edición, 1951, primera columna de la página 101. Véase también el libro de Roberto Prieto Sánchez, Guía secreta. Barrios Rojos y Casas de Prostitución en la Historia De Lima. Lima, Centro Cultural de España y Universidad Ricardo Palma, 2009, 194-201.) 

El horario de atención al público era, oficialmente, de siete de la noche a una de la mañana; pero, en realidad, a partir de las dos de la tarde, poco más o menos, ya había algunas mujeres que ofrecían sus servicios, esmerándose las pobrecitas en provocarnos inútilmente luciendo sus inapetecibles cuerpos decadentes y otoñales. Nunca vi putas en las mañanas: todas dormían; todas las que vivían allí, que no eran todas las que trabajaban. Las residentes pagaban alquiler mensual; las otras, semanal o diario. En cada casita había dos o tres mujeres; muy rara vez una sola. Era de rigor, ¡cómo no!, la presencia del mandadero, que invariablemente se llamaba Juan o Pedro; iba y venía de una parte a otra, incansable; era un mozo eficiente al que las putas solían mandar a gritos:

‹‹¡Juan, recoge el balde!›› ‹‹¡Pedro, estoy esperando el papel higiénico; apúrate, pues!››

 El hacernos pasar a las casitas y recorrerlas hasta llegar al cuarto de la ocupación, conversando como buenos amigos; y una vez en el cuarto, la relativa imprematura del servicio, el trato familiar, el ambiente hogareño, todo esto era de veras solazante. Ocupación, dije, y dije bien, porque en Huatica, efectivamente, todos nos ocupábamos, nadie brincaba, y hasta las mismas putas, sobre todo cuando escaseaban los marchantes, nos decían con algún apremio:

‹‹Oye, papito, ¿no quieres ocuparte? Ven, pues te voy a hacer de todo, bien rico, ¿ya?››

 A mí me gustaba conversar con las putas, conversación que era cháchara, desde luego, pero me gustaba conversar con ellas. ¡Y la de cosas que conversábamos! Recuerdo que una pichona negroide me contó cierta vez que tenía un hijo llamado Sigfrido, y yo, ¡qué tal cojudo!, tratando de culturizarla, le dije que ése era, precisamente, el nombre de un drama musical de Wagner. La cháchara callejera era linda, de preferencia en las tardes, a eso de las cuatro, cuando un Sol suavecito entibiaba el jirón y el que esto escribe, junto a la puerta o arrimado a la ventana, se entretenía con sus amigas intercambiando trivialidades de marca mayor. Sí, amigas, porque no se trataba de las putas de Huatica, sino de mis amigas las putas.

 Y con ser esto distinto, era además mejor. Sin embargo, no porque lo fueran podíamos pagarles después de la encamada; no, tenía que ser antes; de suerte que, previo pago, nos desvestíamos semi completamente, sólo de la cintura para abajo, y ella nos acercaba a la lamparita de la mesa de noche para inspeccionar el miembro. Aprobado el examen, venía la ocupación propiamente dicha. Cuando adornábamos el polvo con platos, pagábamos naturalmente más. Los platos era las poses, el uso de la vía estrecha  y vecina, y lo que popularmente se llamaba corneteo y técnicamente se llama felación. Un servicio completo incluía varios extras y podía llegar a costar cincuenta soles. Escrita con tiza en la puerta, figuraba a veces la minuta, encabezada por el nombre de la ofreciente.

Por ejemplo: ESTHER.

Platos y servicio completo Corneteo Doy el chico.

Poses: ‹‹El perrito›› ‹‹Filo al catre›› ‹‹Piernas al hombro››. Atención esmerada.

 Al cabo de la jornada, la amiga traía una palangana con agua tibia, que nosotros sosteníamos con ambas manos, mientras ella jabonaba y lavaba al combatiente inaltivo. Nos secábamos con papel higiénico. Después, a vestirse y hasta la próxima. Nunca me olvidaré de esos cuartitos donde se tramitaban los polvos de medio Lima. Pintados de rosado, carmesí o añil, y en algunos casos, prácticamente empapelados con fotos de mujeres calatas en poses sugerentes. En un rincón el primus infaltable. Y el olor, ¡ese olor!, que caracterizaba a los cuartitos, olor a hierbas aromáticas y alcohol. Y la música, ¡ah, la Sonora Matancera! No había puta sin radio y todas sintonizaban la emisora más populachera, Radio Libertad.

¡Cómo no voy a recordar ‹‹El corneta››, por Daniel Santos, o ‹‹Las muchachas››, por Carlos Argentino, o ‹‹Burundanga››, por Celia Cruz! A estas memorias, muy claras y agradables, sumo de paso la siguiente, de carácter anecdótico:

Un buen día, allá en 1952, me encontré en Huatica con mi profesor de castellano. Fue en la cuarta cuadra, lo recuerdo perfectamente. No me sorprendió mucho el encuentro (al fin y cabo, quién no iba a Huatica), pero a él sí, y la suya fue grandísima sorpresa. ¡Oh, si me parece estarlo viendo, todo descompuesto e incómodo! Al buen hombre se le había planteado un problema moral. Pues claro, ¿qué ejemplo era éste para la juventud? Trató de explicarme que no había ido expresamente a ese sitio, sino que ‹‹pasaba por allí››. Fingí creerle, pero él reparó en mi fingimiento y siguió explicándome. Total, nos dirigimos a un restaurantito cercano de 28 de Julio y mi profe quiso invitarme un tamal, sólo le acepté un café; y casi durante un par de horas me endilgó una perorata acerca de los inconvenientes y peligros de acostarse con putas. Lo divertido es que años después vi a este rectorcillo de moralina en uno de los corralones de la Avenida México, donde se había establecido el nuevo barrio rojo. En lugar de reprobar, o atenuar, o disimular, el lance prostibulario, debió este profesorcito -¡hubiese sido más pedagógico!- compartir con su alumno la experiencia y decirle por ejemplo:

‹‹¡Caramba, qué gusto de verlo por acá! ¿Y? ¿Cómo está la putería? ¿Usted ya se ocupó? ¿No? Ah, entonces venga conmigo, acompáñeme, vamos a dar un vistazo.››

Pero no ocurrió esto; pudo más la moralina y ese afán de querer dar ejemplo a la juventud. ¡Maldita la falta que nos hacen semejante ejemplos! Corría válida por aquel tiempo la creencia de haber mucha peligrosidad en el mentadísimo jirón victoriano.

‹‹No vayas a Huatica, te pueden asaltar o cortar; hay hampones, no vayas, ten cuidado.›› Así se advertía a los jóvenes, así nos advertían los mayores. Y, sin embargo, la delincuencia reinante en Huatica era supuesta. Lo comprobé repetidas veces recorriendo el jirón a las horas más peligrosas: a las dos de la mañana, a las tres, a las cuatro, o sea cuando no había el menor asomo de vigilancia policial. Nunca me pasó nada. No digo que la gente de por allí fuese celestial. Tal vez había hampones, uno que otro, tal vez; pero lo que no había era hampa organizada. Eso, no. (**).

Por otra parte, las matonadas no pegaban en Huatica. Recuerdo al respecto haber visto un día a dos cabos semiebrios que estaban aprovechando su licencia para hacer lo que les venía en gana. Insultantes, recorrían el jirón fastidiando a las mujeres y pateando las puertas de las casitas. El público circunstante fue indignándose a medida que crecían los abusos.

Y he aquí lo interesante:

la indignación popular fue tanta, que la gente terminó por apedrear a los dos matones vociferantes, que por supuesto tuvieron que salir disparados. Ni morada de delincuentes ni escuela de carteristas y chaveteros. Nada de eso era Huatica. ¿Y entonces qué era, el Paraíso? Pues no, tampoco; pero sí un barrio rojo pintoresco que tenía cierto aire edénico. Por eso el ingenio de nuestro pueblo, valiéndose del título de una las películas de James Dean, había forjado el siguiente chiste en tres actos:

Primer acto: Aparece la Plaza Manco Cápac.

Segundo acto: Al centro de ella se aprecia la estatua de Manco Cápac.

Tercer acto: Se ve al Inca señalando con el brazo extendido.

¿Cómo se llama la obra? Al este del Paraíso.

Efectivamente, Manco Cápac está señalando justamente en dirección a Huatica, señala al Este, al Este del Paraíso…

(*) Según la Guía ‹‹Inca›› de Lima Metropolitana, Renovación es calle, vale decir, vía o camino que pasa entre dos filas de casas o edificaciones. La calle puede tener, pues, varias cuadras; pero yo siempre he creído que cuando la calle tiene varias cuadras, entonces no es calle, propiamente dicha, sino jirón. Para mí la calle es una vía de una sola cuadra. Cuando tiene varias se llama jirón, que como dice la Academia, es la ‹‹vía urbana compuesta de varias calles o tramos entre esquinas››. 

(**) ‹‹Tiempos venturosos —dice Tamariz— en que se podía transitar esos barrios de las avenidas 28 de Julio, Sucre o Bolívar, a pie y distraídamente, […] sin ningún sobresalto.›› (Domingo Tamariz Lúcar, ‹‹Años 50: Lima nocturna››. Caretas, 1992, 30 de marzo, Nº 1204, 64.).

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