9.50. CMLP L – 1994/96

Cada persona tiene su historia en particular, algunos llegan por tradición, otros por formación, por vocación, etc. Existen innumerables motivos del porqué llegamos todos a un mismo lugar, nuestro amado e inolvidable y bien recordado Colegio Militar.

Las historias de la Promoción 50 comienzan un día 4 de abril de 1994, muy temprano, “el día del internamiento”, a usar el mismo traje con el que postulamos, con el que fuimos a dar los ya conocidos exámenes al colegio, ese mismo traje que nos quedaba desalineado y con esto, poco a poco, íbamos incorporarnos a las filas de un grupo de personas desconocidas hasta ese momento, pero ahí estábamos, listos para despedirnos de nuestros familiares a tan corta edad y a medida que se completaba el grupo, con una mirada temerosa y de reojo y otros levantando las manos a sus padres, se despedían de ellos, que estaban ubicados tras las rejas de hierro, aceitadas y polvorientas que hoy ya no existen.

Recordamos con mucha nostalgia, ese momento, los fuertes gritos …”perro, ¡atención!”… pegándonos la mano y a la vez intentando despegarla para volver a pegarla nuevamente. El famoso …¡perro, paralela, a su técnico no se le mira! … Empezábamos ampliar nuestro lenguaje con terminología Leoncipradina.

Nuestro pabellón de tercer año fue el Duilio Poggi, fue el pabellón que nos acogió por un año. No voy a olvidar ese día cuando tuvimos que dejar nuestro empolvado terno y cambiarnos por primera vez con uniforme de faena, un uniforme verde, camisa y pantalón, borceguíes, cristina, sin corbata en ese momento, sin olvidar el calzoncillo que parecía el de mi padre, había que cambiar con alguien si tenías suerte, y un polo, por dentro, con la insignia del colegio como si fuera mi nueva alma, mi nueva piel.

La hora del almuerzo, un ruidoso local, muchas voces dando instrucciones… ¡Perro, ¡no arrastre la silla, siéntate al filo, baja tu codo, coloca solo las garras sobre la mesa, mira de frente y respóndeme siempre, pero siempre: sí, mi monitor! …empezábamos a dejar las malas costumbres al lado y empezar a adoptar las buenas, sino pinball o cóctel de bienvenida, cómo no recordar eso, fue duro, pero nos enseñó.

Posterior a ello, instrucción militar: no había otra cosa que eso, a empezar a aprender a girar a la derecha, a la izquierda, media vuelta, desfilar, y si había mucho error… ¡visto o no visto, tres últimos!… a empezar a correr, posterior a ello, gimnasia básica sin armas, empezamos a ejercitarnos que también para eso habíamos llegado.

Los días transcurrían, íbamos aprendiendo la doctrina militar, cada vez más cachacos como se dice, más cancheros, bueno, entre nosotros, los de cuarto y quinto años nos llevaban la delantera y por mucho. 

La convivencia, es algo que cada uno de nosotros debe rescatar, para bien o para mal, todo Lima, parte de provincia y del extranjero estaban ahí; encontrabas personas sociables, intelectuales, relajados, malcriados, educados, engreídos, atrevidos. Créeme, en esta promoción hubo de todo; pero particularmente nos enseñó a tratar con algunos de una manera y con otros, de otra manera, al final, éramos tantos que no podíamos tratar con todos, es por ello que empiezan a formarse los grupos de amigos, con los que se tenían mayor afinidad, algunos para bien y otros para mal.

Para muchos, por primera vez empezaban a compartir duchas, todos desnudos, algunos con vergüenza, otros más cancheros, al final éramos hombres y nos acostumbramos, bromas por aquí, bromas por allá, empezábamos a identificarnos como un grupo, como hermanos.

En los primeros días, especialmente, los llamados ‘hijitos de mamá’, empezaban a sentir la pegada, la vida militar es así, nadie te habla con cariño, las cosas se hacen porque se hacen (Dentro de lo permitido) si no te gustaban, las puertas estaban abiertas, pero siempre tratábamos de retenerlos, el más indicado, el compañero de camarote (susurrando) … ”déjate de mariconadas y no llores, te vas acostumbrar… fuerza, carajo”…. pero lo más irrisorio fue que el propio estado mayor los quería retener de alguna manera dando un mejor trato; no se podía, la vida militar es una, y cuando llueve todos se mojan. Algunos se quedaron, muchos se fueron, recordamos a algunos con mucha nostalgia, pero siempre serán bienvenidos a la 50 promoción.

Los días en el CMLP transcurren de la misma manera. Ya con la llegada de las clases, la instrucción militar disminuye y se asigna un día para ello, los viernes de terror, empezamos a tener una vida rutinaria pero a la vez diferente al día día, ¿suena ilógico, no? pero así es mi colegio, con su despertar a tempranas horas de la mañana, su exquisita brisa y el eco del mar que se escucha a lo lejos en la silenciosa mañana, un silbato o una corneta nos levanta, se vuelve intenso cada vez más el sonar de los roperos y candados, las chancletas de mis hermanos, golpeando los talones y el frío suelo cuando caminaban por el medio de la cuadra con toalla al hombro, algunos con su radio a pilas y otros con la foto en su ropero de la enamorada que lo espera el fin de semana. 

Luego, a formar para desfilar en la pista que nadie podía pisar, si son los lunes cantamos nuestro hermoso himno, desfilamos hacia los comedores para el desayuno, continua la formación, desfilando y cantando hacia las aulas, y es ahí donde nos olvidamos un poco de la cachacada y compartimos con profesores civiles la instrucción académica del día; la hora del descanso; los que podían, comiendo pan con pollo en La Ventanita, en El Reposo del Guerrero o La Perlita, escondido en la parte trasera para que el técnico cabreado no te vea. Terminando la jornada estudiantil, regresamos a los comedores y nos preparamos para los deportes, se acerca el atardecer, a la cuadras nuevamente para una ducha fría y a los comedores a cenar, que nos espera el postre que retaba a la ley de la gravedad, ni Isaac Newton lo hubiera entendido, la hora del cadete está próxima a llegar, compartimos un momento de distracción, algunos con las billas, otros en ping pong, en la TV, comiendo la salchipapa fría del Happy Hour, el pan con atún de la perlita o la chuleta con ensalada rusa del paisa y como no olvidarme de la flaca del reposo del guerrero, varios iban aunque no consumían ¿lo recuerdas?, y algunos descansando con la cabeza gacha entre sus piernas, sentados en el piso y en fila después de un arduo día. Continuamos a las aulas y posteriormente a las cuadras, también para encontrarnos con los malacateros, vendiendo sus galletas GN, panes y gaseosa en vaso descartable, posteriormente, nuevamente el silencio del colegio te abriga con la brisa del mar y un toque de corneta indica que debemos descansar, con el arrullo del sonido de las piedras y las olas del mar.

Así es mi Colegio Militar Leoncio Prado, así es mi Promoción 50, estamos orgullosos de ser parte de ello y cada vez que nos preguntan por él, se nos infla el pecho porque nadie es superior a nosotros y mucho menos comparable ante los demás. Sintámonos así, mantengamos la hermandad y cada vez que veamos un Leociopradino, digamos ¡Alto el pensamiento! Y esperemos una respuesta… ¡Como una bandera!

En memoria a nuestros hermanos que ya no están, pero que siempre estarán: Sanchez Nieto Maurizio, Pérez Tello Yimy, Rodríguez Mendoza Guillermo, Rivera Crespo Hugo y Miranda Javier Williams.

Charly Gasco Fuentes
Presidente Promoción 50
2017-2018

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