9.32. CMLP XXXII – 1975/77

3er. Año: Los inicios de una nueva forma de vida
Año 1975, en pleno régimen militar de gobierno en el Perú, en época de reformas y avatares políticos, se marcó un hito trascendental en la vida de una pléyade de jóvenes que, llegados desde costa, sierra y selva, decidimos cruzar el umbral del Colegio Militar Leoncio Prado.

Una vez superados los exámenes de ingreso, llegó el día esperado de la incorporación. Allí estuvimos con nuestros padres, familiares y amigos. A nuestros escasos 14 o 15 años, era todo un reto, dejar atrás las comodidades del hogar y otras facilidades, para recorrer un camino marcado por las disposiciones militares y planes educativos para forjar un nuevo carácter y el propio ser de un cadete leonciopradino.

Unos 450 nóveles cadetes, organizados en once secciones ocupamos aquellas instalaciones ciclópeas del antiguo Pabellón del 3er. Año, donde una inmensa Cuadra era nuestro primer destino de alojamiento para iniciar y culminar el día. Nuestro primer contacto fue con el Monitor de la Sección, un cadete del 5to. Año, a quien veíamos como un gigante que todo lo sabía, temible, implacable. La madrugada quedaba interrumpida por el estruendoso toque de corneta, seguido de inmediato por la recia voz del Monitor, que impecablemente vestido impartía las primeras ordenes: ¡Levantarse!, ¡Todos a los baños!, ¡Tender sus camas!, ¡Vestirse bien!, ¡Borceguíes brillando!, ¡Puestos limpios!… ¡Salir a formar!… ¡Los tres últimos serán sancionados! No teníamos otra opción que ser un resorte de reacción para aprender a hacer las cosas bien y cumplir, o incluso sobrevivir, en aquel nuevo escenario de órdenes militares.
Pero hubo muchas cosas más para añadir a nuestro nuevo estatus de cadete leonciopradino; primero, el famoso “bautizo”, donde debíamos pasar por las manos de los cadetes de año superior. Los Técnicos o “vacas” eran de la XXX Promoción (5to. Año), los Aspirantes o “chivos”, eran de la XXXI Promoción (4to. Año); y nosotros, los entonces novatos Alumnos o “perros”, de la XXXII promoción (3er. Año).

Aquel día, en el Estadio del Colegio desfilamos frente a nuestros padres, con el pelo cortado por los Técnicos de la XXX Promoción, como ellos quisieron, pintados con betún y disfrazados de múltiples formas, como el caso de nuestro compañero de más de 1.80 m. de estatura que iba vestido de bebé, con pañales y todo. Más aún, tuvimos que caminar con una correa al cuello, en “4 patas” y ladrando como “perros”. Era nuestra incorporación bajo un ritual que podrá causar sorpresa en unos, pero que es totalmente comprensible en la vida del Colegio Militar. Todos inician iguales y desde el peldaño más bajo, sin importar apellidos ni procedencias; principiamos así nuestra pertenencia a la XXXII Promoción y lejos de causar molestias, fue un momento estelar y sin comparación, para quienes escogimos este modo de vida en nuestra formación escolar.

Llegó el turno de aprender las primeras normas militares, las formaciones, el orden cerrado, las revistas y marcado de las prendas, arreglar roperos, desfilar a los comedores y también a las aulas, el entrenamiento físico, llegar a los famosos “malacates”, lugares de duchas y “luchas”; es más, aprendimos a punta de ranas, canguros, marchas de pato y planchas, que las ordenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones. Más aún, los plantones en pie sobre los roperos metálicos, templaban el equilibrio y carácter leonciopradino.

El día de la madre fue el más esperado, era nuestra primera salida luego de los primeros meses más largos de nuestras vidas, y luego del evento en el Auditorio en homenaje al ser que nos dio la existencia, que orgullo llegar a casa portando el uniforme del Colegio Militar. Nada sería igual que antes, ahora veíamos las cosas con la mirada de aquel guerrero que llega de triunfar; nuestra manera de comer y otras características habían cambiado; es más, acostumbrados a la inmensidad de las instalaciones del Colegio Militar, toda nuestra casa nos parecía pequeña.

Como no recordar aquellas magnificas fiestas con la Orquesta de los Hermanos Silva, la mejor del momento, todos en uniforme de gala con las parejas en traje largo, el Coliseo y el Comedor de Cadetes fueron el escenario de gratos momentos de diversión.

Pero era también el Colegio Militar un patrón educativo, nuestros maestros eran los propios autores de los libros académicos a nivel nacional, teníamos a Humberto Santillán Arista en Lenguaje y Literatura, Flavio Vega Villanueva en Matemáticas, entre otros. Había que estudiar y el esfuerzo era el doble por la gran actividad física desplegada, cuantas madrugadas con la fría humedad y abundante neblina que penetraba todo el plantel, fueron los testigos de nuestros estudios y tantas cosas más por aprobar los rigurosos exámenes.

4to. Año: Nuestro crecimiento, Campeones en las Olimpiadas Internas
Año 1976, fue tal vez el más emblemático para la XXXII Promoción “Los Pumas”. Un gran acontecimiento nos marcaría para siempre, y hasta hoy es motivo del mayor orgullo promocional. Era el cenit de nuestra calidad y pundonor deportivo demostrado durante las Olimpiadas Internas de ese año. Así, ya con madurez y mayor desarrollo físico, en un hecho histórico, siendo “chivos” del 4to. Año, campeonamos en dichas Olimpiadas, ganándole a las “vacas” del 5to. Año, en los más reñidos encuentros deportivos.

Memorable momento aquel en que el campeón resultaría de la definición en un partido de básquet en el Coliseo, y estando todo a favor de las “vacas”, puesto que presentaron un reclamo, los “chivos” aceptamos darle la revancha, y canasta a canasta, punto a punto, nos alzamos con un épico triunfo.

En ese entonces nuestro Mayor Jefe de Año, le apostó al Mayor de 5to año, que sus pupilos -“Los Pumas”- les ganaríamos las Olimpiadas, llegando esto a concretarse, lo que ocasionó después del partido una tremenda e incontenible trifulca, que solo pudo ser aplacada decretando una salida para los cadetes de ambos años; sin embargo, nada cambió la historia ya que la XXXII Promoción se llevó los laureles de campeón derrotando a los cadetes de año superior de la XXXI Promoción.

5to. Año: En la cima del CMLP, Bicampeones en las Olimpiadas Internas
Año 1977, fue el último y de mayor notoriedad de la promoción. Empezamos el verano con el Curso de Monitores y a partir de marzo, ya éramos los Monitores del Colegio Militar; se cumplía el ciclo del cadete, llegábamos a la cúspide, ahora de Técnicos y como “vacas”. De esta manera teníamos el mando total sobre los cadetes de año inferior, ya que ejercíamos como Monitores de Año y de Sección, tanto de la XXXIII Promoción, nuestros “chivos” y de la XXXIV

Promoción, que eran los nuevos “perros”, a quienes bautizamos y empezamos a forjar en la vida leonciopradina.  Además, teníamos la gran responsabilidad de representar al Colegio Militar en las principales Ceremonias y desfiles. En dicho año sobresalió nítidamente la Escolta durante la Ceremonia del 07 de junio en la Plaza Bolognesi e integrada totalmente por compañeros de la XXXII, dejando en alto el nombre del CMLP frente a sus pares de las Escuelas de las Fuerzas Armadas.

En cuanto a la instrucción militar recibida, viene al recuerdo nuestra primera marcha de campaña hacia la Pampa de los Perros, en Ventanilla, cada uno portando el clásico fusil “Mauser”, con sus municiones, y además llevábamos nuestra impedimenta con frazada al hombro y el rancho frio. Allí realizamos el primer ejercicio de tiro, donde el ejemplo lo dio el Mayor EP Cárdenas, quien a voz en cuello nos dijo: “Ojo al guía, así se debe disparar”; y lo siguieron los Oficiales Zavaleta, Ramírez Lauchong y Razzeto. Entonces, llegó nuestro turno y uno por uno fuimos desfilando a la línea de tiradores, sintiendo por primera vez el retumbar de un fusil y causando gran satisfacción en nosotros.

Este entrenamiento se completó con la instrucción especializada de las armas de Infantería, Caballería y Artillería, para lo cual nos transportaban a cuarteles del exterior donde recibimos instrucción a cargo de Oficiales del Ejército. Ello nos valió para que, al culminar el último año, recibiéramos nuestros diplomas de Oficiales Provisionales de Reserva y algunos como Sargentos Segundos de Reserva. Se cumplía así nuestro entrenamiento para las necesidades de la defensa de la patria.

Pero también fue el 5to. Año el de mayor cohesión y camaradería entre nosotros, la amistad estaba forjada y con ello crecieron también las inolvidables bromas, de la cual nadie se escapó. Ese año ocupamos el Pabellón Duilio Poggi y sus cuadras son testigos de cuantas picardías caracterizaban al curtido cadete leonciopradino. Nadie quedó a salvo, y en eso la Décima Sección, la -“Legión extranjera”-, se llevaba los palmares, allí en travesura nocturna se inició la “Operación Infierno en el Catre”, donde los cadetes dormidos de la cama inferior y superior eran envueltos en papel higiénico, el cual al prenderse “de casualidad”, despertaba a sus ocupantes en un literal “Infierno”; es el caso, que el cadete de abajo salió disparado, pero no el de arriba, de quien no se veía el rostro, para después de unos larguísimos segundos, ver un rayo que saltó de la cama… era nuestro Brigadier General, poniéndose a buen recaudo; ni modo, de buen talante sabía que en la cuadra de 5to. Año, había que estar atento hasta con los ojos cerrados. Es más, en esta Sección aún recuerdan cuando el Sub Oficial de Servicio detectó a un cadete del Equipo de Tiro que permanecía en la cuadra mientras todos estaban en el comedor, y sin mediar preguntas le llegó a este cadete la inevitable reprimenda “de madera”; ante ello, el cadete le dice al Sub Oficial: “¿por qué solo a mí, si hay más cadetes en el interior de la cuadra?”, raudo el Sub Oficial ingresó a la cuadra a buscar más cadetes, pero solo para notar que a sus espaldas se cerraba el candado de la puerta de la cuadra, aquel que el cuartelero le había dejado al cadete tirador. Aún resuena en nuestra memoria el eco de la voz del Sub Oficial que desde el interior de la cuadra quedó por horas llamando a dicho cadete, el cual, como no podía ser de otra forma, se ganó dos largos fines de semana sin salir a la calle.

Un reconocimiento especial rendimos a nuestros Instructores, Oficiales y Sub Oficiales, cada uno de ellos con su propia característica, pero con la misma vocación de forjar hombres nuevos, bajo el ejemplo de juventud y vida del Coronel Leoncio Prado. Ellos eran parte de nuestras actividades cotidianas y como no recordar al Sub Oficial Cier O’Brien, llamado con aprecio “Papa”, quien entraba a las cuadras en la mañana con latas en la cintura y sus matracas para despertarnos; también teníamos al Sub Oficial Farfán, a quien decíamos “pecho de lata”, quien si no encontraba al imaginaria de servicio, pobre de ese cadete, que al día siguiente no podría ni sentarse por las “razones de madera” recibidas para no dormirse, que bien recordaría en su próximo servicio.

En estas líneas rendimos gratitud a todos ellos, que contribuyeron a nuestra formación durante los tres años en el Colegio Militar.  No podemos dejar de mencionar que en 5to. Año ratificamos con creces nuestra calidad deportiva y ganamos una vez más las Olimpiadas Internas, con ello nos convertimos con legítimo orgullo en la PROMOCIÓN BICAMPEONA de las Olimpiadas del Colegio Militar, durante los años 1976 y 1977; título que nos honra y lucimos hasta hoy. A estos laureles deportivos debemos añadir que en nuestras filas contamos con Ítalo Grasso Chacón, Campeón Mundial Juvenil de Lucha Libre; asimismo, el extraordinario nadador panameño Roberto Mon, plenamente identificado con el CMLP, que anualmente nos visita y compite hasta hoy por la promoción. Además, contamos con nuestro compañero Luis Urteaga Castañeda, quien años después, en las Olimpiadas de Barcelona 1992, fue el representante peruano en el pentatlón moderno, con muy destacada participación.

Culminamos nuestro último año en el CMLP, y en diciembre de 1977 tuvimos nuestra fiesta de Graduación, que se llevó a cabo en el mejor lugar de la Lima de entonces, – el Hotel Sheraton -, grandiosa instalación que en esa fecha tenía solo cuatro años de estrenada. Allí se desarrolló la ceremonia, con la entrega de sortijas promocionales y el baile de gala, todo lució impecable, elegante e inolvidable; no podía ser de otra manera, para cerrar con broche de oro nuestro recorrido en el Colegio Militar.

El significado del Colegio Militar Leoncio Prado
Con el transcurrir de los años de egresados, podemos afirmar que empieza también nuestra mayor valoración del significado del Colegio Militar Leoncio Prado. El tiempo transcurrido, nuestro tiempo individual, nos demostró la vigencia de las palabras del fundador del CMLP, el entonces Crl. José del Carmen Marín Arista, quien en su discurso de inauguración en 1944 señaló el propósito del Colegio Militar: “Fortalecer en el alma de los alumnos el amor a la Patria y el ideal de consagrar su vida al servicio de ella”.

De esta manera nuestro Colegio Militar constituye una constante en el tiempo, siendo pasado y futuro. Es pasado por que perdura en nuestra memoria aquellos momentos de briosa juventud, cuyo espíritu se entregó al cincel de la trilogía de la “Disciplina, Moralidad y Trabajo”, egregio lema que resuena imperecedero en aquel claustro donde el frio de la brisa y el rictus militar, templaron nuestras fibras y forjó hombres preparados para afrontar los retos del destino. Es futuro porque aun hoy, sus generaciones presentes y las huestes del mañana, acudimos prestos al llamado de la azul hoguera que año a año, en nuestro esperado reencuentro, mantiene encendida el alma leonciopradina, recordando que somos hombres en cuya sumatoria de alma, corazón y vida, nuestro querido Colegio Militar ocupa un lugar estelar.

Nuestras Bodas de Rubí (1977 -2017)
Luego de cuarenta años de egresados del Colegio Militar expresamos con satisfacción que la XXXII Promoción se insertó en los diferentes ámbitos de la sociedad peruana y en el mundo, cumpliendo acertadamente con nuestro rol de hombres de bien, contribuyendo al progreso del Perú, así como al bienestar de sus integrantes y familiares.

Por ello, es honroso manifestar que la XXXII Promoción cuenta con distinguidos representantes, de nuestros promocionales que continuaron con la carrera militar, muchos alcanzaron los más altos grados militares, entre ellos un Teniente General de la Fuerza del Perú, tres Generales de Brigada del Ejército, así como muchos distinguidos Oficiales de diversa graduación de la Fuerza Armada y Policía Nacional del Perú, que dieron su valiosa contribución a la defensa nacional, el orden y el desarrollo en paz del Perú. En otros ámbitos del Estado, entre nuestros integrantes tenemos un Embajador, un ex Presidente del Tribunal Constitucional, un ex Ministro de Estado, un ex Alcalde Provincial, así como el gran honor de dos ex Directores de nuestro Colegio Militar Leoncio Prado. Además, en el ámbito académico, contamos con un Vicerrector y un Decano de prestigiosas universidades, entre otros distinguidos Investigadores y Catedráticos de prestigio universitario en el Perú y en el extranjero.

Asimismo, es gratificante mencionar que muchos de nosotros destacan nítidamente en sus diversas profesiones; y también contamos con empresarios de éxito, en el país y a nivel internacional. Todos ellos, son ejemplo de la mística leonciopradina, aquella forjada en el Alma Mater, y que hoy, con sus acciones en el país y en el extranjero, siguen dando brillo al Colegio Militar.

En estas líneas, es pertinente también elevar una oración por nuestros hermanos que se adelantaron al descanso eterno, ellos siguen en nuestra memoria y en el recuerdo inolvidable de todas nuestras vivencias; nuestra fraternidad es perenne: “… tres años en el Colegio Militar… hermanos toda la vida”.

Corolario: Nuestros héroes
Esta semblanza no puede cerrarse sin rendir el más justo homenaje a dos de nuestros hermanos que por sus acciones de vida, ingresaron a la inmortalidad de la gloria al ofrendar sus jóvenes vidas en defensa de los supremos ideales de la democracia, en aquella lucha contra la insania del terrorismo que asoló a nuestro país.

Primero, ocurrió con nuestro hermano el Teniente de Infantería EP Javier Eduardo Merino Cavero quien, en la época más cruenta del terrorismo, se encontraba prestando servicios en la Zona de Emergencia. En dichas circunstancias, el 11 de julio de 1990, estando al frente de sus tropas en operaciones de patrullaje en el sector de Aguaytia, de la provincia de Padre Abad, en el departamento de Ucayali, recorriendo un terreno de selva montañosa, es objeto de un ataque por parte de delincuentes terroristas de Sendero Luminoso. En valeroso enfrentamiento, el Teniente Merino y sus 32 hombres repelen los fuegos del gran número de terroristas en su contra; sin embargo, durante los momentos que luchaba para asegurar el repliegue de su patrulla, el Teniente Merino es muerto en acción de armas, junto con el Sargento 2do. Andrés Valles Huayta y el Cabo Francisco Huayas López. El estoico Teniente Javier Merino, fue condecorado y recibió ascenso póstumo a Capitán, constituyéndose en Héroe de la Pacificación Nacional.


Javier Merino Cavero (f), Capitán EP 

Luego, fue nuestro hermano Paul Juan Poblet Lind, quien siendo un destacado industrial, a los treinta años de edad, se encontraba ejerciendo el cargo de Alcalde de Pachacámac; reconocido por su entusiasmo, mantenía un contacto permanente con la población y era estricto en verificar el cumplimiento de las ordenanzas municipales, labor realizada en sus denominados “trabajos dominicales”. En dichas circunstancias, el 23 de mayo de 1991, sufre un terrible atentado perpetrado por homicidas terroristas de Sendero Luminoso, quienes en represalia a la decisión municipal de borrar todas las pintas senderistas, lo acribillaron sin misericordia frente a su familia. Paul Poblet, fue víctima mortal, mártir del sistema democrático, en justicia un Héroe Social.

Luis Poblet Lind (f), Alcalde de Pachacámac

¡Honor y Gloria a estos bravos leonciopradinos de la XXXII, dignos émulos del Coronel Leoncio Prado, e imbuidos del legado de Duilio Poggi, quienes ofrendaron sus vidas, en el cumplimiento del deber por la paz del país!

¡SIEMPRE ALTO EL PENSAMIENTO!

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