3.2. INAUGURACIÓN, discurso “FORTALECER EN EL ALMA EL AMOR A LA PATRIA….” Crl José del Carmen Marín, (15jul1944)

OBJETIVO: “FORTALECER EN EL ALMA EL AMOR A LA PATRIA….”
Discurso del Coronel Director del Colegio Militar, Sr Crl José del Carmen Marín, el día de su Inauguración: 15 de julio de 1944

Vuestra presencia da su máximo relieve a esta ceremonia inaugural del “Colegio Militar Leoncio Prado”, el que se ha convertido en realidad gracias al tesonero esfuerzo y a los desvelos que consagráis a todo lo que contribuye al engrandecimiento espiritual y material de la Nación.

Con la elocuencia inobjetable de los hechos y de las cifras, se ha puesto ya de relieve el formidable impulso que habéis dado a la Educación Pública y que la ha convertido, como lo expresasteis al promulgar la Ley Orgánica de Enseñanza, “ el el órgano capaz de llevar a cabo la trascendental obra de preparar a las nuevas generaciones para que ocupen, con eficiencia, su puesto en la vida; asuman con plena conciencia su propia responsabilidad, y realicen, con fe y optimismo, en la esfera de su acción y de sus posibilidades, los destinos de la Patria”.

Por el previsor convencimiento de que el eficiente empleo de los medios materiales de que han sido dotadas las Fuerzas Armadas, depende de la justeza de las concepciones del comando y de la pericia de los ejecutantes, habéis dado igual impulso al perfeccionamiento técnico y profesional de unos y otros. Para no referirme sino al Ejército, la Escuela Superior de Guerra ha recibido una nueva orientación, que eleva y multiplica la categoría de sus estudios, dando así acceso a Jefes de todos los grados, para que se dediquen al estudio y reflexión de los complejos problemas que plantea la lucha moderna; se ha reorganizado la enseñanza de nuestra Escuela Militar, dentro de una nueva concepción pedagógica y orgánica, que asegurará no solamente la eficiente formación de los oficiales de todas las Armas sino también la continuidad de su perfeccionamiento, labor que ha de facilitarse por los nuevos y modernos locales que, terminados en breve, constituirán un verdadero orgullo nacional.

Como parte de esta obra constructiva de conjunto, cuyos beneficios para el país han de acrecentarse con el tiempo, y como concreción de los conceptos vuestros, que defienden con exactitud admirable los fines por alcanzar en la formación moral e intelectual de la juventud, ha sido creado este colegio bajo la advocación del nombre de quien fue héroe desde niño y bajo el régimen de la honrosa carrera de las armas, bella conjunción que ha de recordar a la juventud que se eduque en el deber ineludible de prepararse, tesonera y concienzudamente, para ser un día la primera en el servicio y defensa de la Patria.

Para servir una causa, es condición indispensable convertirla en una aspiración del espíritu, basada en profundas convicciones y capacitarse moral e intelectualmente para la acción que ella demande.

El deber de instructores y maestros, será por consiguiente:
Fortalecer en el alma de nuestros alumnos el amor a la Patria y el ideal de consagrar su vida al servicio de ella, mediante la evocación de los hechos gloriosos, el culto a nuestros héroes y el conocimiento de los valores actuales del país y de sus posibilidades futuras, para infundirles orgullo de ser peruanos, optimismo en el presente y fe en el porvenir.

Arraigar profundamente en las conciencias juveniles, el sentimiento de la responsabilidad que les incumbe en toda obra de bien nacional, para extirpar el indiferentismo suicida, vivificar el espíritu de colaboración abnegada y formar hombres más celosos de sus deberes por cumplir que de derechos por hacer valer;
Desarrollar sus sentimientos humanitarios que les impulse a acudir en ayuda de los menos afortunados; para borrar asperezas, diferencias y luchas de intereses que perjudican la sagrada unión de todos los peruanos, hoy tan felizmente realizada.

Para que esta educación cívica, dé todos los frutos que de ella se espera, es necesario cimentarla en una sólida formación moral que convierta en imperativo de conciencia: el cumplimiento austero y abnegado del deber, la honradez a toda prueba, el sentido de responsabilidad, el profundo respeto de sí mismo y el culto de las virtudes dignificatorias del hombre.

En suma, inculcarles elevados ideales nacionalistas y patrióticos, que son los que permitirán a la Nación poseer sentimientos e intereses comunes; cultivarlos en la práctica, porque el nivel moral de un pueblo, unido a sus ideales, marca su lugar en la escala de la civilización.

Pero esto no basta es preciso, además, capacitar a esa juventud para que convierta sus ideales en realidades promisorias y como la aptitud realizadora del individuo depende más de las cualidades de su carácter que de su grado de instrucción, la enseñanza ene. Colegio tendrá por finalidad esencial fortalecer esas cualidades, por la aplicación inmediata de todo conocimiento adquirido, a la resolución de problemas concretos, que ejerciten el juicio, el raciocinio, el espíritu de observación, la iniciativa y la voluntad perseverantes de los educandos.

Obtendremos así las ventajas de grabar mejor esos conocimientos en su espíritu; de hacerles sentir la utilidad del esfuerzo que se les impone, condición necesaria para estimular su amor el estudio y al trabajo; y, finalmente, la ventaja de desarrollar su espíritu de decisión y confianza en sí mismos, que les permitirá afrontar, sin vacilaciones, los problemas que encuentren al ponerse en contacto con las realidades de la vida o al abordar estudios superiores.

De este modo, elevando el nivel moral de los ciudadanos de mañana, inculcándoles nobles ideales, fortaleciendo su carácter y capacitándolos para la acción, los pondremos en condiciones de servir a la Patria en la paz y de defenderla en la guerra, porque si ésta se presenta, esos ciudadanos se levantarán como un solo hombre, conscientes de sus deberes, preparados para cumplirlos y después de haber creado, por esfuerzo conjunto, armónico y abnegado, las fuerzas materiales, base del bienestar general y también fuente de donde provienen los ingentes medios que necesitan los combatientes para conquistar la victoria.
Para una juventud que aspiramos a formar en estos principios, ningún ejemplo más digno ni más cerca de ella que el de la vida y acciones heroicas de Leoncio Prado, el héroe que atrae y fascina por su juventud y gallardía, que alterna las horas de estudio con las de la lucha por la justicia y la libertad, exponente máximo del valor de nuestra raza, ejemplo sin par de abnegación y de sacrificio por la Patria.

Héroe desde niño, pues a los trece años tiene ya en su haber toda la campaña de la Restauración, en la que se inicia participando en la captura del “Tumbes” por un audaz golpe de mano; es ya vencedor de Abato y de la gloriosa jornada del 2 de mayo de 1866, en la que se bate, a borde de ese mismo “Tumbes”, con tal denuedo, que su jefe el Contralmirante Montero, no puede hacer menos que desprenderse de su propia espada para ceñírsela al cinto, “en premio y honor por su sereno comportamiento”, como dejara constancia en su parte de guerra.

En el período que transcurre entre la consolidación de nuestra Independencia junto con la del continente, y los luctuosos días del 79, pasa por las aulas de la Escuela Naval y Militar, explora los ríos de nuestra selva, ingresa a la Academia de Ingeniería de Richmond que abandona casi al término de su carrera, para ponerse al servicio de la libertad de Cuba, con esa audacia y decisión que le son características, pues con un puñado de valientes, realiza la proeza de apoderarse por asalto del barco español “MOCTEZUMA” para abrir la ruta marítima a la revolución libertadora.

El análisis más profundo, la investigación más acuciosa, serían impotentes para encontrar un instante de su vida que carezca de la historia, que no lo haya consagrado al servicio de la Patria, ¡Cuál no sería, pues, su ansia de acción al verla en peligro, en la infausta guerra del 79! Defiende Arica contra el ataque de la escuadra chilena en febrero de 1880; combate en el Campo de la Alianza, acosa al enemigo victorioso después del fracaso, hasta que aniquilados todos sus guerrilleros, en desigual combate, es hecho prisionero en Tarata.

Cuando el adversario estima que su victoria es definitiva, le otorga la libertad. Intento vano el de querer condenar a la contemplación pasiva del desgarramiento de la Patria, a quién no podría vivir sino por la acción y para el servicio de aquella. Al grito de “las balas del enemigo no matan” reúne a los dispersos, infunde fe a los descreídos, optimismo a los pesimistas; atrae a la juventud, crea, organiza y prepara las fuerzas con las que se unirá al Ejército del Centro, puñado de valientes a quienes anima otra alma heroica, el inmortal Brujo de los Andes.

Es a las órdenes de él, el 10 de julio de 1883, que se batirá en Huamachuco, lanzándose denodadamente al ataque, a la cabeza de los batallones de la 1ª División que arrastra con su heroico ejemplo. El enemigo se ve forzado a replegarse a las alturas del Sazón, su caballería abandona el campo de batalla; es el comienzo de la victoria, cuya trágica transmutación en derrota, por falta de municiones, no presenciará ya el héroe herido en la mano y en el pecho, con una pierna destrozada por una granada de artillería ha sido evacuado del campo de la acción.

El destino que no siempre nos fue adverso, no quiso que muriese en el fragor de la lucha, para depararnos el sublime ejemplo de su estoico sacrificio en un día como hoy.

Par poner en relieve la grandeza de su valor y de su serenidad ante la muerte basta la fría exposición de los hechos : ni los horribles sufrimientos que le ocasionaban sus heridas, ni la lenta agonía a la que le condena su implacable adversario durante más de 4 días, pueden abatir su espíritu, al aproximarse la hora suprema, solo puede morir en la plaza del pueblo, cara al sol, pedido que turba a su vencedor, quien no sabe ni negarle o concederle.

Y, cinco minutos antes de esa hora, escribe esa memorable carta a su padre donde hay tanta altura de miras y tan hondo amor filiar, que constituye el más grande pedestal que el mismo se erigió para alcanzar allí la gloria.

Grabadas en el bronce y e el sitio de honor de este plantel, sus ultimas palabras serían el símbolo del valor y de las virtudes guerreras de nuestra raza y las que nos inspiren orgullo de nuestro pasado.

“Las balas del enemigo no matan”, verdad profunda que supo hacerla tangible a las generaciones futuras, porque las descargas que él mismo hizo partir desde su lecho, no le dieron la muerte: ellas fueron la salva de honor con la que sus vencedores saludaron su entrada en la inmortalidad.

A los 61 años de su heroico sacrificio, la gratitud nacional perenniza su memoria en este bronce y le rinde el más significativo de sus homenajes, al poner bajo el amparo de su nombre los cadetes de este colegio, que como símbolo de unión nacional, provienen de todos los ámbitos del Perú, y que como toda juventud, encarna las esperanzas del mañana.

Desde allí, ha de ser el alma de esta casa, el que inspire todos nuestros actos, nos reconforte en las horas de prueba y nos impulse al trabajo y a la acción, que nos haga dignos de esta Patria, que él sirvió con todas las energías de su ser.
Dignaos, señor presidente, declarar inaugurado este Colegio, bajo la advocación del Coronel Leoncio Prado, a quién estáis ligado por los vínculos de su sangre y por sus altos ideales americanistas.

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