9.51. CMLP LI – 1995/97

RESEÑA PROMOCIÓN 51 “GIUSEPPE CARLOTTO SOTO”
Teníamos entre 14 y 16 años cuando postulamos al Colegio Militar Leoncio Prado. Todavía recuerdo la cartilla azul de postulante y la lista de nombres pegada en la pared de la Costanera. Al igual que muchos que ingresamos en 1995, teníamos el temor de dejar nuestras casas y la emoción de vivir algo nuevo; recuerdo ese día de marzo en que nos internamos, la ceremonia de ingreso, escuchar el discurso del aspirante que resultó en el primer puesto en el examen de ingresó en representación de la promoción; y después de despedirnos de nuestras familias, la larga espera en el patio Duilio Poggi mientras nos entregaban nuestras prendas, y empezando a adaptarnos a los gritos y la frase “pa’ ranas un dos”.

Los siguientes días todo fue adaptación: aprender a desfilar, atención y descanso, a comer en escuadra, a poner la cara paralela, etc. Nuestro jefe de año fue el Capitán Callacná, y nadie se olvida de los técnicos Moscoso y Amaut, y sus populares baquetazos. Recuerdo que fuimos la última promoción en usar el uniforme verde caqui y la cristina en la cabeza; así como pasar los fines de semana de albañiles arreglando la loza deportiva o tirando lampa. Cómo olvidar que también fuimos los últimos en pasar un bautizo respetable, nos metieron en el pozo de agua del estadio (aún en construcción y que ahora ya no existe), y escuchábamos entre gritos la voz del Teniente Albarracín que decía: “¡estos serán sus hermanos para toda la vida!”… Claro a él no le toco que le caiga la orinada de todos los cadetes del quinto año… en fin, no se equivocó.

Los mejores recuerdos son los que se vivían día a día; a todos lados corriendo y cantando, nunca faltaron los tres últimos, los cabreados, los globos y callampas. Cómo olvidar la frase “a llorar al río” cuando te quedabas castigado el fin de semana; y el alivio cuando decretaban salida extraordinaria. También estaban los viernes de cine, aunque había que cuidarse de no perder los galones; la hora del cadete, la guerra de comida en el comedor y los chancletazos a la hora de dormir. Cuarto año no fue tan diferente, sólo que ahora éramos los únicos impares y había que respetar la tradición, a las buenas o a las malas.

Cuando llegamos a quinto año, éramos los dueños del Colegio. Primero había que pasar el curso de monitor y recibir a los nuevos cadetes, nuestros perros. Ese año teníamos al capitán Horna de Jefe de Año, comando del ejército; gracias a él entendimos la importancia de una promoción unida y fuerte. (sí nos trató como perros durante todo el año ¡ja,ja,ja!) Cómo olvidar los consejos del técnico Ignacio, las papeletas del técnico Borda, las fotos del técnico Vicente, o cuando nos despertaba el técnico Meza golpeando cada puerta gritando “¡a levantarse!” y con sus tres soldados con sus balde de orina cada uno, ¡pobre el que no se levantaba!, despertabas ya mojado por no ser tan directos. Los profesores también tuvieron su lugar en el Colegio, nadie se olvida del popular “la belleza”, el profesor viejito de inglés, Rutherford (profesor de química), el profesor de Historia, que escupía cuando hablaba, y el de Cívica, que tenía cara de muerto, de Panchito, que tiraba sus tacazos para que te despertaras en el salón.

Siempre recordaremos la marcha de campaña en la Escuela de Blindados, algunos pasando por debajo de un tanque, otros bañados en engrudo o comiendo tierra; como la fogata del último día y las imitaciones de nuestro querido Corqui cuando nos cayeron encima todas las bombas lacrimógenas, para que nunca olvidemos tan lindo día. La ceremonia de clausura tuvo su momento más emotivo cuando junto con nuestro hermano, hoy militar (nuestro primer comando), vitoreamos el “Alma Fuerte Leonciopradino”. Y entre abrazos y lloriqueos nadie se quería ir; algo ilógico ya que durante tres años esperamos el día de de irnos y cuando ya nada nos ataba a esa vieja casa nuestra, no queríamos irnos.

Y la fiesta de promoción, que no recuerdo cómo terminó.

Después de esos días, cada uno hizo su vida; muchos regresaron a sus provincias, algunos se fueron del país, a estudiar o trabajar. Los primeros reencuentros éramos pocos, y siempre comentábamos que algún día desfilaríamos con nuestros hijos y con una caja de cerveza en la mano. Poco a poco empezamos a agruparnos, gracias a los partidos de los jueves; y, así, pasaron varios años, hasta que un día me llamaron por teléfono: mira las noticias…lo mataron a Carlotto… fue una emboscada terrorista en Huanta. Ese día cambió todo, y nació un nombre que nos uniera.
Desde ese momento nos organizamos como hermanos, nos conocen todas las promociones, llevamos ocho presidentes, un internamiento, tres campeonatos en las ‘Olimpíadas’, y un plan para las Bodas de Plata; y, a pesar de las diferencias, siempre nos encontramos y tomamos unas cervezas; hemos pasado bautizos, matrimonios, matinés, y muchos cumpleaños. Porque realmente no sólo fueron tres años, ¡somos hermanos para toda la vida!

Promoción LI

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