La adulación

Hernando Sequera – El Comercio

“El amigo que hoy te compra con su adulación, mañana te venderá con su traición”.
Una de las formas de actuar que más causa repulsión en los seres humanos es sin duda la adulación. Esa alabanza baja e interesada, hecha con premeditación y estudio de lo que se cree puede halagar al otro, con el único propósito de ganarse su voluntad para fines interesados, es un modo de actuar que resulta a todos insoportable.
Lamentablemente en el mundo de hoy en día, adular se ha convertido en una práctica bastante común en los distintos componentes de la sociedad, pasando desde la familia hasta los diferentes estamentos económicos, sociales, políticos y militares.
Generalmente se adula cuando alguien pretende alcanzar un objetivo y no cuenta con los argumentos y capacidades que le permitan lograrlo sin la necesidad de lisonjear para aumentar la vanidad de otra persona.
Cuántas veces se adula o se es adulado por un ser querido si existe algo significativo que se pretende obtener. En los sitios de trabajos siempre hay alguien que se destaca por esta práctica y alguien que siente la necesidad de que se alimente su soberbia o vanidad. (Uno sin el otro no podrían existir). Y si se revisa aunque sea de manera superficial otros campos de la vida, se verá c
ómo muchos hombres y mujeres, algunos hasta con preparación, utilizan el campo de la adulación para mantener o escalar posiciones de privilegio social, económico, político y militar. Ello aun a costa de su dignidad.
Al filósofo Diógenes de Sinope, de quien se apunta andaba con una linterna encendida por las calles de Atenas diciendo que “buscaba hombres honestos” se atribuye la siguiente anécdota: “Estaba el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Arístipo, que vivía confortablemente a base de adular al rey.
Y le dijo Arístipo: «Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esta basura de lentejas». A lo que replicó Diógenes: «Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey”.
Quien adula, lisonjea o alaba con un propósito innoble, quizás obtiene muchos beneficios materiales. Al fin y al cabo esa es su meta. Pero pierde algo mucho más valioso: el respeto, la veneración, acatamiento, consideración y deferencia a la que se hace merecedor alguien que se ha destacado siempre por su actuar honesto, responsable y digno. Algunos dirán que con eso no se come, a esas personas se les puede decir que no hay más grato y placentero que comerse un bocado aunque sea de pan duro sin turbulencia de ningún tipo en la mente y el corazón. Y a los que le encanta ser adulados siempre habrá que recordarles que “Los aduladores tienen forma de perro, como los lobos tienen forma de perro”.

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