Amar, perder, crecer

Carlos Zumarán Calderón – VI CMLP

Hace algunos años leí un libro que lleva el título de esta nota, el autor se llamaba Jean Monbourquette, ex-sacerdote, psicólogo y profesor de la Universidad San Pablo de Ottawa, la capital de Canadá. El autor ha escrito numerosos libros bien orientados y que ayudan al comportamiento personal, al manejo de las relaciones, para ser mejores. Algunos de los libros están traducidos al inglés y al español.
El primer libro que leí, el de esta nota, fue cuando murió mi padre, don Arturo Zumarán Tarazona. Su muerte nos fue anunciada, pero me dejó un gran vacío, una angustia por haber estado lejos y haberlo dejado de ver, con más frecuencia, después que vine a vivir a Canadá; me sentía culpable cuando, cada año, lo visitaba por algunos días, lo mismo que a mi madre Irma Calderón; ella también ha fallecido.
El libro que comento, es bastante especial; no es una explicación detallada y de cura de algo que ha ocurrido. No te aconseja directamente, es subliminal. Se trata de artículos aislados que, mientras se leen, se siente que entra una tranquilidad, para aceptar –en mi caso- que mi padre había partido y de agradecerle por haberme dado la vida, por su compañía y apoyo durante mi niñez y mi formación, hasta conseguir mi profesión, tiempo que lo pasamos en forma precaria, pero él estuvo siempre allí, inculcándonos -a todos los hermanos- la unión y el amor entre nosotros, es la mejor herencia que recibimos todos.
Aprendí de mi padre, que el dinero es sólo un instrumento para vivir y si se te aparece en abundancia, debes disfrutarlo, no para utilizarlo como un medio de poder, pues esa es una vil solución y da malos, pésimos resultados.
Respecto al libro, mi conclusión de esta experiencia, pienso que me ha ayudado a entender que cuando todo es correcto para mí y todo va bien, que amo mucho, experimento mi vida satisfaciendo todo lo que me gusta y me da grandes alegrías, pero, cuando eso se interrumpe con una pérdida, debo estar preparado para hacer lo más difícil, que es aceptarlo. Requiere mucho esfuerzo para que así sea, para comprenderlo, es lo que nos hace crecer. Es un cúmulo de experiencias vividas con mucha intensidad que permite hacerlas parte de nuestra realidad y que nos hace considerar que las cosas suceden con gran fuerza y que debemos entenderlas como normales. Muchas veces podemos aceptar y otras nos resultan frustrantes, que no desaparecen y que nos hacen reaccionar negativamente. Nos convierte, a veces, en personas resentidas.
He leído otros libros, de Monbourquette, entre ellos los que se refieren al perdón, a la misión, a la vocación individual.
Referente al perdón encontré que los dos libros me han ayudado a saber, el primero, a pedir perdón y el otro a perdonar. Encuentro que es difícil el tema, pues a veces perdonamos todo con facilidad, pero somos incapaces de pedir perdón o somos expertos en pedir perdón pero nos asiste la incapacidad de perdonar. Esto depende de nuestro ego; es cuando vivimos momentos que hacemos funcionar el cerebro y el corazón queda abandonado, pasa a segundo plano.
Confundimos a veces la misión con la vocación y eso lo tengo claro pues mi vocación siempre ha sido ser ingeniero porque viví en ese medio y la misión -por mi experiencia de vida- es de tratar de servir al prójimo, ser útil a los demás sin esperar de recibir recompensa, pero si me agradaría en forma extrema de poder ayudar a cambiar este mundo, que está lleno de tantos hermanos egoístas.
Todos tenemos -desde que nacimos- dones, gracias que nos han sido dadas, que debemos identificar pues son las herramientas que nos permiten desarrollarnos y sentirnos útiles en la vida, en la sociedad donde estamos y participamos. Explotando esas cualidades podemos ser útiles en esta sociedad que parece paralizada por las malas acciones de tantos que tal vez no han encontrado las cualidades que tienen para darse a los demás. Tratemos de desarrollar nuestros mejores sentimientos hacia los nuestros, hermanos, primos, amigos, compañeros de estudios o de trabajo, de aquellos que encontramos a quienes no les damos importancia. Pidamos perdón por nuestro comportamiento errado o hecho sin querer, ganemos amigos, recuperemos a los nuestros pues necesitamos vivir en solidaridad real y no comercial o política, que destruyen el alma.
Recibamos la señal que nos confirme de que somos seres bendecidos…
Muy atentamente
Carlos Zumarán Calderón, ing
Montreal, 02 de marzo de 2018
carlos.zumaran39@gmail.com

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