Editorial: La insoportable levedad del ser

El presidente, que se salvó por poco de ser vacado, tiene muchas más razones para cambiar que para celebrar.

El jueves, el pleno del Congreso de la República decidió no aprobar el pedido de vacancia contra el presidente Pedro Pablo Kuczynski.

Era difícil no pensar en el título de la famosa novela de Kundera cuando se veía al presidente Kuczynski ensayar un bailecito triunfal en la calle frente a su casa a menos de una hora de haberse librado de perder la presidencia.
Haciendo gala de su desconcertante capacidad para la desconexión, el presidente no parece haberse dado cuenta de que se ha salvado de la misma forma en que pasó a la segunda vuelta y en la que ganó la elección: por un pelo y por accidente. Accidente que en este caso parece llevar el nombre de Alberto Fujimori, quien habría roto la bancada de Fuerza Popular, privándola de los 10 votos adicionales que, este jueves, hubieran sobrado para vacar al presidente.

En la misma línea, el mandatario tampoco parece notar que la situación en la que, por culpa suya, ha quedado su gobierno luego de este evento es todavía más frágil que aquella en la que ya estaba antes del mismo. Y no lo decimos solo porque haya perdido a un ministro competente con la renuncia de Carlos Basombrío, producida al conocerse que el mandatario había mentido sobre sus pasados vínculos con Odebrecht.
En efecto, si antes del caso de Westfield y First Capital gran parte de la población todavía veía en él una figura que más allá de sus múltiples debilidades podía considerarse correcta, luego de este son pocos los que piensan que el presidente no ha mentido numerosas veces al país sobre su pasado con Odebrecht y que, siendo ministro, no mantuvo una poco escrupulosa relación con la empresa por medio de una compañía unipersonal suya que, según
afirma, entonces gerenciaba su socio de varias décadas. El mismo socio, vale la pena recordarlo, que a su vez más adelante usaría una empresa de su propiedad (domiciliada en el mismo lugar que Westfield) para subcontratar al señor Kuczynski a fin de que prestara servicios a Odebrecht.

Así las cosas, el presidente tiene poco por qué bailar y mucho por lo que hacer un severo examen de conciencia que pueda traducirse en un decidido propósito de enmienda, particularmente habida cuenta de que solo ha pedido perdón por “no explicar bien” lo que en realidad no tiene explicación aceptable, en lugar de disculparse por la autocomplacencia (en el mejor de los casos) con la que en su pasado como ministro manejó un conflicto de intereses. Además de por la manera clintoniana con la que en el presente nos mintió sobre el tema, basándose en tecnicismos.

Sin ese severo examen de conciencia, el señor Kuczynski no podrá ofrecernos a los peruanos lo que nos debe. Y eso, antes que “un nuevo capítulo en nuestra historia”, es un nuevo capítulo en la suya. Si él no cambia, tampoco podrá hacerlo su gobierno.

Ese examen de conciencia, del que el mensaje presidencial de ayer en la noche podría haber sido un buen primer paso, debe abarcar lo poco que ha logrado en lo que va de su quinquenio. El jefe de Estado tiene que preguntarse si para eso se metió a buscar la presidencia a los 77 años. Un año y medio después de que llegase al poder quien, en efecto, en el papel se ve como un presidente de lujo, y que nombrara un Gabinete que, en cuanto a currículum vítae,
parecía lo mismo, no existen grandes reformas que se puedan mencionar (la de la tramitología acabó frustrada por los tramitólogos). Los mayores problemas que tenía el Perú en julio del 2016 siguen casi como estaban. La economía no ha sido liberada de ninguno de los problemas transversales que durante algunos años la mantuvieron creciendo muy por debajo de su potencial y que hoy la hacen permanecer abúlica salvo por el efecto de la nueva subida de los minerales. Tampoco ha habido ningún intento de reformas institucionales que puedan llevarnos, por ejemplo, a tener un servicio de justicia o un sistema de representación aceptable. Y el gigante problema de la inseguridad, en el que algunas mejoras se estaban comenzando a ver, acaba de perder en Basombrío una de sus mejores posibilidades de solución.

Es verdad que el presidente necesita del Congreso para lograr la mayoría de estas cosas, pero también lo es que tuvo facultades delegadas y que, más allá de eso, en ningún momento ha tenido propuestas de reformas a la vez estructurales y audaces, bien presentadas a la población y defendidas perseverantemente, que pudieran forzar la mano de dicho Congreso.

En lo que toca a Fuerza Popular, por su parte, también pareciera haber llegado la hora de poner las barbas en remojo. El camino esencialmente prepotente y agresivo emprendido hasta ahora parece estar comenzando a ser contraproducente: en la última encuesta de El Comercio-Ipsos el 61% se expresaba a favor de que se disuelva este Parlamento. El partido de Keiko Fujimori tiene que comprender que, con la estrategia de solo usar su poder para hacer oposición y no proponer grandes políticas de Estado que puedan concertarse con el Ejecutivo y servirle luego para responder qué hicieron con el enorme poder que tuvieron estos cinco años, nunca podrá sumar el apoyo de nadie que no sea su base más dura. Y ya sabemos que esta no le basta para llegar a la presidencia.

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