Huacachina

HUACACHINA A cinco kilómetros de Ica, hacia el Sur, hay una serie interminable de dunas, tan altas, que forman verdaderas montañas. Los vientos milenarios se han encargado de modelar esos médanos, adquiriendo formas caprichosas y aviesas. En una hondonada, a manera de anfiteatro, sobre sedimentos de potasa y otras sales, se ha formado una laguna verde, densa y mal oliente, como si sólo hubieran concurrido para formarse infusorios orgánicos en descomposición.
La fantasía de las gentes ha tejido leyendas más o menos pintorescas para referirse al origen sobrenatural de la verde cocha, que, en mi concepto, sólo es la filtración del subsuelo de esa región rica en manantiales. Con todo, tengamos fe, por la poesía de los pueblos y la tradición. Ellos han evocado en todos los tiempos, con su ingenuidad, el alma de sus leyendas: desde la tentadora serpiente del Génesis hasta nuestros días. Dejemos, de todos modos, a la fantasía fabricar tradiciones al ritmo inconcluso de la vida, sin disputarle, en este afán peliculero, de los tiempos de hoy, el encantamiento sabroso de sus bellas mentiras.
¡Pobres almas ingenuas que viven todavía en un romance eterno! Huacachina, que nuestra lengua indígena traduce: “la que hace llorar”, dice por su nombre, no sólo del escozor que produce el agua en los ojos, sino que recuerda, quizá en muchos seres, el latigazo doloroso de ilusiones y de amores que nacieron allí y que rubricó el destino con su inconstancia y sus olvidos. Hoy es un balneario frívolo, como lo fue ayer. Los galenos han dado en decir que sus aguas milagreras son medicinales y que, como la panacea, cura todas las enfermedades.
De no ser así, no habría placer de sumergirse en ese líquido nauseabundo. Hemos conocido Huacachina antes de ahora. Cuando no había malecón, ni hoteles, ni mujeres que iban al baño para lucir sus encantos en mal cubierta desnudez. A otra época me refiero, aquella en que caballos y asnos trepaban difícilmente la cuesta. Cuando media docena de casuchas rodeaban la laguna y Madama Perotti alquilaba calzones y venían enfermos en camilla, como van a Lourdes en triste romería. Cuando el “caminito del amor” y el “guarango de las promesas” y la “pampa del muerto” eran el lugar de cita de los enamorados y la laguna de fierro no sufrió el derrumbe que mano criminal la segó… porque era palúdica. Entonces se instalaban allí algunas familias, en el verano, por breves días; casi siempre las más acaudaladas de Ica, porque esa traslación demandaba gastos que no estaban al alcance de todos los bolsillos.
¡Felices tiempos de inopía, en que la arroba de pisco se vendía a “quince reales”! La vida se hace dulce, sencilla, sin presunciones de aristocracia, ni competencias de lujo. Nuestras damas vestían el percal: usaban corsé a la “Perfephone”; calzaban botas de nonato con doce botones; peinaban sus cabellos con “tupé” y moños “número ocho”. El baño se tomaba entre siete y nueve de la mañana, porque las gentes eran madrugadoras y se acostaban, invariablemente, a las once de la noche.
El hacerlo más tarde estaba reservado para las personas de mal vivir. Tampoco conocía “rimmel” ni se pintarrajeaban la cara, ni se empurpuraban los labios; ni dejaban admirar la línea pecaminosa de sus pantorrillas. En algunos ranchos, y esto era muy criticado, se jugaba a las “prendas”, a la “quina”, “carga la burra” y “briscán”. Los juegos de manos estaban prohibidos. Cuando la luna plateaba los cerros, íbanse a la falda con sus galanes para cantar “ángel hermoso” o los yaravíes dolientes de Melgar.
Recuerdo a un sujeto que vino de Lima a curarse no sé qué enfermedad sospechosa, y que se declaró novio oficial de una damita que lo tomó en serio, sin percatarse mucho de sus malas cualidades. La chica, enamorada y generosa, le obsequió con un anillo de brillantes, en cambio del aro de compromiso que él le diera. Al final de temporada se rompió el idilio porque se descubrieron sus malos antecedentes. Devolviéronse cartas, retratos, cabellos y demás prendas; pero el anillo de brillantes no.
En cambio la decepcionada dama recibió una famosa composición en verso que empezaba así:

La laguna en su fango cenagoso
guarda dos prendas sin valor alguno
cifras amadas sí, tiene la una,
el otro es un cristal amarilloso…

El muy sinvergüenza alegaba que ambos anillos se le habían caído en la laguna. Después supimos que la sortija de la novia fue empeñada en treinta soles…
Algunos domingos se producían paseos a burro al vecino caserío de Cachiche, en busca de dátiles. Con este motivo se preparaban gallinas asadas, choclo, queso y alguna que otra botella de pisco perdida en las alforjas, para los “aficionados”, que nunca faltaban.
Cuando los jumentos eran pocos había que acomodarse a la grupa con alguna amiguita. Este era el momento en que los enamorados hacían su cosecha y en que se practicaban juegos de manos, aunque estuvieran prohibidos. Las mamás, ojo avizor, no descuidaban a las “niñas”, procurando marchar a la zaga para que no se extraviaran en el camino. (Sin embargo sé de muchas parejas que se perdieron voluntariamente). Una vez en Cachiche, después de adquirir los famosos dátiles, motivo del paseo, se procedía a lonchar, bailándose algún valsecito “para matar el gusano”. A las seis de la tarde o siete, a más tardar, bajaban la cuesta al paso cansino de sus borricos.
La alegre cabalgata venía orgullosa de haber realizado una excursión aventurera y entusiasta. A la mañana siguiente eran los comentarios en el baño, sin que faltara la nota cómica, recordando la caída aparatosa de la fulana que lució hasta las blondas del calzón. Entonces, para ir al baño, usaban pantalones al tobillo; una túnica amplísima de cúbica o manfor y mangas largas…
¿Imperativos de la moda? No lo sé.
Posiblemente tenían razón. Nosotros amamos más el misterio, la honestidad, la promesa…
____________
Y han corrido los años, veloces y fugaces, como una cabalgata de centauros. Todas las damitas que mariposeaban incautas a orilla de Huacachina; que trepaban los cerros para cantar yaravíes en las noches de plenilunio; que cabalgaban pacientes borricos, en diabólica algarabía, hoy, las que sobreviven, son abuelas…
Se fue con ellas la tradición; el rezago colonial; la austeridad del hogar; la compañera religiosa que engordaba bajo nuestro techo, haciéndonos un regalo cada nueve meses. 

Deja un comentario