Vilma

Cumplía años el 30 de agosto, un día como hoy. Era de talla pequeña, y de ojos y expresión inteligentes en un rostro agraciado y refulgente de sinceridad. Había nacido en Pacarán, como su hermana menor, de donde sus padres salieron a Lima un día que el campo les informó que ya no había allí sitio para ellos.
Durante décadas, año tras año, salvo cuando mi esposa y yo estábamos en el extranjero, estuvimos presentes con otros amigos en la cena de celebración de su cumpleaños.
La conocí luego del comienzo de las clases en 1952, en la Universidad de San Marcos. Ella empezaba los estudios en la Escuela de Obstetricia y yo el segundo año de Derecho, tras emigrar de Arequipa, gracias a la visión de mis padres que quisieron para la familia horizontes más promisorios. Me la presentó un estudiante de medicina y, en seguida, ambos supimos que teníamos algo muy fuerte en común; no sólo la empatía. Me escuchó atenta y seriamente cuando le hablé del círculo de estudios que un grupo de amigos habíamos constituido en la vieja casona de San Marcos, y, sin una sombra de duda, me dijo que quería participar. La Universidad de San Marcos no sólo daba formación profesional; prodigaba también inquietud por conocer, pulsando las cuerdas recónditas de la sensibilidad social, la audacia y la decisión de los jóvenes.
Fue una excelente amiga, y jamás se arredró por lo que pudiera pasarle en esos años de dictadura, cuando los ministros de Gobierno y Educación y la PIP, competían en urdir planes y órdenes para cazar a los estudiantes contestatarios, malévolos enemigos de la oligarquía, a quienes debían neutralizar tan severa y enérgicamente como pudieran.
El padre de Vilma, don José, debía de tener por entonces unos cuarenta y tantos años. Era de talla mediana, tez cobriza y rasgos serenos. Trabajaba como obrero en una fábrica textil y estaba afiliado al Partido Aprista. Me lo presentó Vilma un día que me llevó a su vivienda, dos habitaciones de barro y techo de quincha en un callejón de la calle Carmen Bajo de los Barrios Altos. Don José me observó con cierta desconfianza al percibir que yo no andaba por su línea. Pero tuvo que doblegar su actitud ante mi convicción, sin ceder ni un ápice en sus asertos. Tenía dos estantes repletos de libros de historia, política y literatura, muchos de los cuales él había leído, lo que se veía en su certeza y seguridad a poco de hablar con él. Los domingos se instalaba en la plazuela Buenos Aires, desde las ocho de la mañana hasta la una de la tarde, ante una mesa cubierta de libros que él llevaba para venderlos. Cuando hablaba con las personas que se detenían ante su puesto, se podía leer en su rostro la satisfacción por el gusto de transmitirles lo que pensaba y tratar de convencerlos de que debían leer para ser mejores. Conversé luego con él muchas veces, y él, a partir de cierto momento, aligeró su reticencia y se interesó en lo que le decía. No se lo pregunté, pero es posible que Vilma o yo, o ambos, hayamos abierto en su espíritu una pequeña ventana por la que ingresó una nueva luz; y creo que se convirtió desde entonces en otra persona, y él lo sabía.
Y los años pasaron.
En abril de 1961 mi esposa y yo llegamos de Buenos Aires. Y, por supuesto, busqué a Vilma, quien simpatizó de inmediato con ella. Don José nos recibió con alegría cuando llegamos a Carmen Bajo a visitarlo. Era la amistad que despertaba tras años, un estado de consciencia más fuerte que la hermandad por compartir ideas comunes, una atmósfera rara y agradable. Años después, llegué a percibir la sutileza de este sentimiento, leyendo una tarjeta que compré en una librería de la rue Saint-Honoré de París. Decía: Los verdaderos amigos son complicados a encontrar, difíciles de dejar, imposibles de olvidar.
Fue una excelente profesional. Atendió como obstetriz a mi esposa en sus tres partos, y mis hijos siempre la llamaron Tía Vilma. Nunca dejó de pensar que nuestro pueblo tiene derecho a vivir en un mundo mejor.
Se fue para siempre hace siete años. Sus dos hijas, a quienes he visto crecer, han heredado su simpatía y sus ganas de hacer.
La recuerdo con cariño y gratitud, y creo que el relato de su vida es una pincelada que con muchas otras forman el gran cuadro de la historia íntima de nuestro pueblo.

Jorge Rendón Vásquez
(30/8/2017)

 

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