Los caudillos de la Independencia

Por:  Juan URBANO REVILLA (XXXII) *

En el periodo de la formación de la república, resalta la figura histórica del Caudillo, aquel hombre de armas que aún en la actualidad suscita enjuiciamiento, estigma y polémica como responsabilidad del devenir inicial de la república. Es propicia la ocasión del próximo Bicentenario de la Independencia, para hacer una apreciación y reflexiones sobre el rol de estos hombres que afrontaron la independencia con el ideal de un Perú soberano y el escudo de sus propias vidas.

Militarismo y caudillismo, son fenómenos de alta relevancia en la época de la independencia y la formación de la república en el S. XIX, conceptos que muchas veces se entrelazan y hasta han sido utilizados en términos análogos, cuando son diferentes en sí.

Sobre el militarismo, si tomamos una definición actual que refiere que “es la preponderancia de los militares, de la política militar o del espíritu militar en una nación (DRAE, 2014)”, no podríamos aplicarla a cabalidad en el contexto de los procesos de la independencia y formación de los estados del S. XIX, ya que los Jefes militares de esa generación asumían un doble papel: primero de estrategas en los campos de batalla; y luego, de gobernantes de las nuevas repúblicas. Además, si a ello agregamos el factor que en dicha época los oficiales y la tropa buscaban ocupar sus propios espacios sociopolíticos, entonces en el presente texto se apreciará al militarismo de la independencia como un “fenómeno social”.

Caudillismo no es sinónimo de militarismo. El caudillismo es más la interpretación de la labor individual de ciertos líderes militares en el gobierno de los nuevos estados, en el cual hacen uso de una serie de instrumentos para ligar fuerzas y consolidar un proyecto político.[1] Destacan por su capacidad innata de liderazgo, asumen y desarrollan una misión, aunque su exceso de protagonismo individual, mina la unidad de la élite militar.

Como surgen los caudillos: ¿Causa o efecto?

Jorge Basadre identifica la etapa de la independencia y las primeras décadas republicanas, como el primer militarismo; y otros lo denominan el fenómeno del “caudillismo militar”. Lo cierto es que la aparición de este factor no solo fue inevitable, sino que fue providencial ante el vacío de poder existente y la abstención de la élite civil en dirigir el proceso de independencia y formación del nuevo gobierno. Si bien esto se debió en gran parte a la expulsión masiva de peninsulares y criollos adictos a la Corona, durante el Protectorado del General José de San Martín, y como resultado de la campaña anti-peninsular emprendida por su ministro Bernardo de Monteagudo, la elite remanente ya atravesaba un periodo de decadencia, al igual que un régimen en crisis política y económica;[2] cabe decir que,  no obstante existir un sector ilustrado con los dominios de filosofía política, no surgió entre las personalidades civiles un líder capaz de reemplazar al virrey y ejercer un mando firme y moderno como era necesario en esa coyuntura. Es así que, como resultado de las luchas de la independencia, para el imaginario de la sociedad resalta la figura del militar como el héroe que logra recuperar la libertad, es visto con respeto y además tiene una ventaja fundamental: conoce mejor el territorio que ha recorrido y ha llegado a los lugares más alejados, siendo conocido por la población.

En cambio, todos reconocían que el lugar de las élites civiles estaba en el Congreso, aunque éste empezó ejerciendo una especie de “caudillismo congresal”, caracterizado en la tendencia inicial de retener el poder ejecutivo y una falta de definición en delegar el mando y la autoridad necesaria en el momento oportuno, como fue el nombramiento de la primera Junta Gubernativa de 1822, con muchas restricciones y supeditada al Congreso. La inoperancia de dicho órgano de gobierno, ante las urgentes necesidades de la guerra de la independencia, originó el pronunciamiento de los líderes del estamento militar, entre ellos, los generales Andrés de Santa Cruz y Agustín Gamarra, que pedían “un jefe supremo que ordene y sea velozmente obedecido”, forzando el nombramiento de José de la Riva Agüero, como el primer presidente peruano. Estos hechos, marcan un referente en los albores republicanos. Por un lado, refleja la dificultad de establecer la delimitación de poderes; y por otro lado,cuestiona el momento de reunión del primer Congreso y su tarea de formulación de la Constitución de 1823, ya que ello debió realizarse una vez concluida la guerra. Esto derivó en el choque entre el Congreso y los líderes del primer estamento militar republicano, dando inicio a la intensa participación de los caudillos militares en el devenir del país, quienes influyeron en la formación de la república y caracterizaron las nacientes corrientes ideológicas y los avatares de la política en las primeras décadas del Perú independiente.

Los caudillos de la Independencia

En el estudio de la primera generación de los líderes militares republicanos y el caudillismo, resalta el origen de estos, los cuales habían iniciado su carrera militar al servicio de las banderas realistas y luego asumen la causa patriótica. En ese sentido, para conocer los factores del cambio ocurrido en los jefes militares, es necesario conocer los antecedentes de los principales personajes que participaron en la guerra de la independencia y a través de su actuación militar y política, establecer su categoría de caudillos.

Para ello, tomaremos unos extractos de las apreciaciones de John Lynch cuando refiere sobre los caudillos lo siguiente:

“En las sociedades postcoloniales de Hispanoamérica, los caudillos cumplieron una función vital para la élite republicana, ya que fueron guardianes del orden y garantizaron el mantenimiento de las estructuras sociales existentes. En épocas adversas nadie dudaba que su poder personal fuera más efectivo que la teórica protección de una constitución… La guerra de la independencia les hizo más valiosos y les permitió convertirse en jefes militares indispensables para conseguir la liberación… El dominio de los caudillos pasó de ser local a ganar una dimensión nacional.” [3]

Empero, otras apreciaciones le imputan un estigma negativo. Dice Lynch que “estos comenzaron a ser considerados como obstáculos para el progreso, la inversión y el desarrollo”; o como refiere Hugo Neira, que el caudillo, tras la independencia es el “actor social venido de la nada se apropia de la escena pública después de los Libertadores… invitado que nadie esperaba, el soldado salido del pueblo, sin duda, pero también… el peso de la noche”.[4]

En este contexto de la independencia, ¿Quiénes podrían ser considerados caudillos?, ¿Cuáles eran sus orígenes y características? Un análisis de los principales personajes militares de la independencia, nos aproxima a las respuestas.

En primer lugar, el general José de San Martin y el general Simón Bolívar, no obstante que lideraron ejércitos y ganaron las mayores batallas, no  pueden ser considerados caudillos.[5]Ambos, de gran influencia política y militar, son más estadistas. El primero, de corte conservador, despejado de las apetencias políticas. El segundo, representa la tendencia del absolutismo ilustrado, de un ejecutivo fuerte; aunque negaba ser un Napoleón, se asemeja a este, como lo muestran sus proyectos geopolíticos y su Constitución Vitalicia.

En cuanto a los líderes militares nacionales, un resumen de las biografías de algunos de ellos, nos permitirá caracterizarsu condición de caudillos.

José de la Riva Agüero, nació en Lima en 1783 y estaba vinculado con la nobleza titulada por la rama materna. De joven viajó a España y regresó por Buenos Aires en 1808, con el empleo de contador del Real Tribunal de Cuentas, cargo que desempeñó hasta 1813 y luego se desempeñó como juez conservador del ramo de suertes hasta 1814. Designado primer Presidente y Mariscal, cuando solo tenía el cargo de Coronel de Milicias y sin experiencia de guerra. Fue acusado de traición, luego absuelto.

José Bernardo de Tagle, también nacido en Lima en 1779, era el IV marqués de Torre Tagle. En 1811, fue nombrado sargento mayor del Regimiento de la Concordia creado por el Virrey Abascal. Asistió como diputado ante las Cortes de Cádiz en 1813, permaneciendo en España hasta 1817 cuando regresó a Lima como brigadier de Infantería. Fue nombrado Intendente de La Paz, pero Pezuela lo traslada a la Intendencia de Trujillo en 1819. Nombrado Presidente por el Congreso. Entró en tratos con realistas, acusado de traición, se refugió en el Castillo del Real Felipe, donde murió.[6]

José de La Mar, nació en Cuenca, de familia ilustre. Siguió la carrera militar y participó de la guerra de España contra los franceses, mandó un batallón y destacó en el sitio de Zaragosa. Llegó a Lima en 1817 como brigadier de los Ejércitos Reales. Fue sub-Inspector de tropas y gobernador del Callao. El virrey Pezuela lo ascendió a Mariscal de Campo. Al retirarse La Serna de Lima, quedó refugiado en las fortalezas del Callao, y luego capitula ante San Martín. Devolvió el grado y condecoraciones realistas y abrazó la causa patriota. Fue miembro de la Junta Gubernativa; luego, en 1827 es elegido Presidente por el Congreso. Estuvo en Junín y en Ayacucho, donde destacó al mando de la división peruana.

Agustín Gamarra, nació en Cuzco en 1788, e inició su carrera militar en 1809. Concurrió a las batallas del Alto Perú contra los ejércitos del Río de La Plata, sirviendo a órdenes de los generales Goyeneche, Pezuela, Ramírez y luego La Serna. En 1814 y 1815, participó con el general Ramírez en las campañas sobre Arequipa y Cuzco contra los hermanos Angulo y Pumacahua. Llegó a Lima en 1820 con el brigadier Canterac, siendo Comandante del 2do. Batallón del Primer Regimiento del Cuzco; cabe mencionar, que se le separó de dicho cargo por desconfianza de simpatizar con el movimiento independentista. En Lima, el virrey Pezuela lo nombró su Ayudante de Campo. El 24 de enero de 1821 se pasó a las fuerzas de San Martín. Participó en la Segunda Campaña a Puertos Intermedios, en Junín y en Ayacucho.[7]

Mariscal Agustín Gamarra, caudillo militar y Presidente de la República
(1829-1833 y 1839-1841)

Andrés de Santa Cruz, nació en La Paz en 1792, e inició su carrera militar a los 17 años siendo Alférez del Regimiento de Apolobamba. Participó en la batalla de Guaqui el 20 de junio de 1811 y en la batalla de Amiraya el 13 de agosto de 1813, como Ayudante del general Goyeneche. Concurrió también a la batalla de Vilcapugio el 1 de octubre de 1813 y la batalla de Ayohuma el 14 de noviembre de 1814, como Ayudante de Pezuela. Luego, en 1815 participó en el develamiento del levantamiento independentista de Mateo Pumacahua. Bajo el mando de La Serna se desempeñó como Subcomandante de la Guarnición Tarija y en la batalla de Tablada fue capturado, siendo trasladado a la prisión de Las Bruscas (Buenos Aires), de donde fugó. Se presentó en Lima al virrey Pezuela, siendo designado Comandante del Regimiento Dragones. Concurrió a la batalla de Cerro de Pasco el 6 de diciembre de 1820, donde luego de la derrota realista, entregado prisionero, pasó a las fuerzas de San Martín. Participó vencedor en la batalla de Pichincha, en la Segunda Campaña a Puertos Intermedios y en Junín.

En un primer análisis de estas biografías, se aprecia que estos jefes militares, en sus inicios castrenses formaron parte de la estructura virreinal, administrativa y militar, hasta el momento que acogen la causa patriota. En ese tránsito, un factor a considerar sería el nivel de arraigo con el país, que podría variar según su propia procedencia geográfica, unos nacidos en Lima y en contacto con el centro de poder virreinal y otros provenientes del interior del país. Cabe precisar que la alusión a la patria y a la libertad, estuvo siempre presente en el lenguaje militar como se aprecia en sus manifiestos, sin dejar de mencionar que la promesa de la república traía también nuevas oportunidades para ellos, reflejada en puestos, ascensos y una mejor condición social.

Entonces, tenemos que Riva Agüero y Tagle, ambos limeños, eran en realidad burócratas, no eran militares en ejercicio. Aunque ellos renunciaron a sus privilegios e ingresaron al régimen republicano, no se desconectaron del todo de sus antiguas raíces, de allí su dubitación final. Si bien ostentaron grados militares, estos eran parte del mando de las milicias como resultado de una sociedad aristocrática, donde a la posición burocrática había que agregarle un cargo militar, pero sin entrar en combate ni conexión con la plebe. No es posible considerarlos caudillos. Como refiere O´Phelan: “caudillismo y nobleza son excluyentes”.[8]

Por su parte, La Mar era un militar del tipo conservador. Su experiencia de guerra provino de la península, a diferencia de sus contemporáneos que tenían experiencia de las guerras americanas en el Alto Perú. Se distinguió en Ayacucho y diferencia de los jefes militares nacionales, era carente de ambiciones políticas, no era precisamente un caudillo, aunque Basadre lo incluye en su lista de caudillos nacionales.

En cambio, Gamarra y Santa Cruz, representan al típico caudillo republicano, aquel que se forjó en el combate desde los rangos menores, ganando a pulso sus ascensos. Al recorrer el interior del país durante sus batallas en la sierra, conocieron y comprendieron a los soldados indígenas que componían el grueso de las tropas y llegaron a compenetrarse con las autoridades locales. Más aún, los proyectos políticos de ambos jefes fueron antagónicos en torno a la Confederación Perú-Boliviana, cuestión que tomó varios años de lucha y anarquía, y donde se enfrentaron los caudillos republicanos; entre estos, el aristócrata general Luis José de Orbegoso; el soldado de la ley, general Domingo Nieto; el joven y altivo general Felipe A. Salaverry, fusilado en Socabaya; el sobrio general Ramón Castilla, quien junto a Gamarra vence a las tropas confederadas; y con ello, abatieron dicho proyecto que dividía al Perú en dos, restituyendo al país su unidad histórica.

En un estudio más amplio, Basadre considera que una lista de los caudillos nacionales del inicio de la república incluiría a La Mar, Gamarra, Orbegoso, Santa Cruz, Salaverry, Vivanco, Torrico, Castilla, Nieto, La Fuente, Echenique y San Román. Menciona además, que su característica más saltante fue su intensidad de vida, muchos influenciados en su pensamiento militar por la figura de Napoleón, lo que se aprecia en el énfasis de sus proclamas, su confianza y fastuosidad, sin embargo la audacia en ellos fue un factor fundamental. Así describe su esencia y espíritu militar:

“Forjar la propia fortuna, no desfallecer ante el fracaso, aprovechar la ocasión, con bamboleante tenacidad de ola y con ímpetu de flecha que va al blanco: así se revelaba la predestinación.” (Basadre, Lima, 1929)

Basadre hace también una clasificación de los caudillos, destacando que los caudillos mestizos fueron más exitosos al tener constancia, astucia, desplegar grandes esfuerzos para sus metas, así como emprender proyectos mayores y alcanzar mejores victorias militares, desarrollando capacidad de organización de su ejército. Básicamente estos fueron los casos de Gamarra, Santa Cruz y Castilla, a quienes califica como caudillos “fundamentales”, por su actuación política constante y autónoma.[9]

Rol estatal y democrático

Sobre el rol estatal y democrático de los caudillos, es preciso notar que estos actuaron siempre al interior de las estructuras del Estado y no al exterior de este. Es decir, como afirma el historiador Charles Walker, no existieron en un vacío político, ni constituyeron un reflejo infortunado de la naciente política republicana; sino por el contrario, a través de la política caudillista crearon alianzas políticas y dirigieron el Estado, que aunque inestable funcionaba totalmente. Más aun, promovieron ideas influyentes sobre el Estado y su sociedad republicana, construyendo un sentido de unidad, a la vez que permitía las diversas nociones de lo que es el Perú. En ese sentido, pese a las divisiones del periodo caudillista, la noción de peruanidad se extendió a lo largo de gran parte de la república. Por lo tanto, Walker concluye: “caudillismo no es sinónimo de ausencia del Estado”.

Es más, en opinión de Basadre, los caudillos contribuyeron a ese “compromiso” surgido con la república, de adoptar los ideales y las instituciones de la democracia representativa, a pesar de las imperfecciones del sistema y las difíciles condiciones para la estabilidad del país. Por ello, aun en las circunstancias que el poder provino como resultado de una revuelta, la autoridad política buscó la legalización a través de la Constitución y el sufragio. 

Los caudillos cambiaron también el rostro social del poder. El ejército en sí adquirió un carácter democrático, al romper con la antigua separación de castas y acoger en su seno a la variedad social de la naciente república, con lo cual el caudillaje aperturó una válvula de ascensión social, con la ventaja que la carrera militar también podía llevar a los más altos cargos públicos.

General Felipe A. Salaverry, caudillo militar y Jefe Supremo de la República (1835-1836)

En opinión de Basadre, los caudillos no accedieron al poder para obtener ventajas económicas, ni pueden ser identificados en relación de propiedad terrateniente de la época. Gamarra y Castilla, ambos dos veces presidentes, murieron pobres. La Mar devolvió la hacienda que le fuera entregada como premio por sus servicios y Salaverry al morir fusilado contaba sólo con su magro sueldo. Nieto, falleció con deudas. Incluso Vivanco, con pocos recursos, en 1866 definía su condición así: “majestad y pobreza, todo en una pieza”.

Pensamiento político y pensamiento militar

En el estudio del pensamiento político-militar de caudillos como Gamarra, Orbegoso, Santa Cruz, Nieto y Castilla, tenemos que la correspondencia entre estos, sus manifiestos y proclamas nos permiten conocer su ideología, tenacidad y empeño en los difíciles años que siguieron a la independencia. Estos jefes militares y políticos, se presentaban como salvadores de la república, así Gamarra se autodefinía como un “verdadero peruano”, Santa Cruz firmaba como “Soldado de la República”, y Castilla escribía al Gral. Nieto: “He dado pruebas suficientes de pertenecer sólo a la República y no a los intereses personales de los hombres”.[10]

Estos caudillos se llenaron de la fuerza moral para seguir una lucha interminable para alcanzar aquel ideal que representó la República, en una tarea donde si era necesario tendrían que refundar el nuevo estado hasta librarlo de la sombra de la anarquía interior y defender su soberanía e integridad ante las amenazas del exterior, aunque en ello cargaron también con todas las vicisitudes de la política.

Finalmente, para entender el devenir histórico del Perú independiente, en las primeras décadas republicanas, es necesario tener en cuenta una serie de factores que confluyeron simultáneamente en la formación del nuevo Estado.

La cuestión económica fue crucial, el país había quedado exhausto luego de sostener un estado de guerra durante quince años, empezando por las guerras contrarrevolucionarias que desde 1809 llevaron los ejércitos realistas a la periferia del país, como Quito, el Alto Perú y Chile; a la vez, se aprovisionaba a las propias tropas patriotas locales, que se levantaron contra el gobierno colonial en las rebeliones de 1811, 1812, 1813 y principalmente en la revolución del Cusco de 1814-1815. También se aprovisionó al Ejército Libertador de San Martín que arribó en 1820, más las primeras unidades peruanas creadas por éste, y que a su retiro participaron en las campañas a Puertos Intermedios; luego, en 1823 se convocó a Bolívar quien llegó con tropas gran colombianas a las que sumó tropas peruanas, con las cuales conformó el Ejercito Unido Libertador, que fue debidamente equipado y avituallado para llegar a las victorias de Junín y Ayacucho en 1824.

En ese contexto de guerra, el país había visto mermada su capacidad productiva, por falta de brazos que tuvieron que dejar los campos agrícolas para tomar las armas, la minería en declive por las constantes contiendas; y, por otro lado, al quedar eliminada la antigua élite comercial de la colonia, -de base española-, que abandonó el país llevando sus recaudos, su lugar fue ocupado por comerciantes extranjeros y otros comerciantes con créditos reducidos al haber solventado los requerimientos económicos por ambos bandos, durante las luchas de la independencia.

Más aún, como refiere Basadre, la aristocracia colonial criolla vivió desarraigada del Perú, sólo “estaba”, pero no se comprometía con el país, ni proporcionó una “inteligencia de élite” necesaria en los albores de la República, por ello se disolvió lentamente. Sobre esta nobleza escribió Riva Agüero severos epítetos, endilgándole su “molicie e incapacidad”, su “peruana blandura” y que “mereció su caída, sin prestigio, energía y habilidad”, estuvo ausente en la dirección del proceso republicano hasta deshacerse en la larga anarquía que siguió, injertarse en la burguesía “mesocrática” y desaparecer como clase social.

La crisis se prolongó durante las primeras décadas republicanas; es más, a diferencia de otros estados nacientes como Chile, Colombia y Venezuela, que no sufrieron pérdidas territoriales y orientaron sus esfuerzos a la consolidación interna de sus repúblicas, el Perú tuvo que afrontar serias tensiones internacionales en la definición de sus fronteras y su propia integridad territorial, rodeado de cuatro vecinos y sin haber demarcado sus extensos límites fronterizos. Así tenemos, que la situación de Guayaquil, Tumbes, Jaén y Maynas, constituyeron zonas de conflictos en el norte; de igual manera, sucedió en el sur con la situación de pertenencia del Alto Perú, el propósito boliviano de poseer Arica o el riesgo de escisión de los departamentos de Arequipa, Puno y Cuzco, en los proyectos geopolíticos de Bolívar y Santa Cruz.

En ese contexto, la permanencia de los ejércitos auxiliares colombianos en Perú y Bolivia en los primeros años republicanos, creaba inseguridad. Cuando dichas tropas fueron retiradas por la invasión militar peruana a Bolivia, sumada a las pretensiones territoriales del país del norte, la Gran Colombia le declara la guerra al Perú en 1829.

No obstante el retiro de los gran colombianos, la situación del Alto Perú seguía siendo un factor de tensión. La propia creación de la república de Bolivia contribuía a ello. Desde el Perú, las provincias alto peruanas eran vistas como parte de su heredad territorial. Basta tener en cuenta el Art. 6º de la Constitución de 1823, que establecía “El Congreso fijará los límites de la República, de inteligencia con los Estados limítrofes, verificada la total independencia del Alto y Bajo Perú”; es decir, el Perú era visto como una unidad geográfica llamada Alto y Bajo Perú. En tal sentido, desde el Perú y Bolivia surgieron intentos para reunir estos estados, pero desde perspectivas diferentes venidas de cada lado, lo que marcó la política peruana por muchos años. Así, el mayor proyecto destinado a este propósito fue el establecimiento de la Confederación Perú-Boliviana entre 1836 y 1839, que buscó la unidad y estabilidad, pero generó el efecto contrario en el contexto interno e internacional, creando un escenario de guerra con el peligroso riesgo de un Perú dividido en dos estados. Luego de caída la Confederación, se restableció la unidad del Perú, pero llegó el caos sufrido por la frustrada invasión peruana a Bolivia y la seguida invasión de este país al Perú. Así, el periodo de 1842 a 1845 fue grave para la integridad peruana, empero la unidad nacional y las acciones de sus tropas, permitieron mantener la integridad territorial.

Tampoco se debe obviar las grandes dificultades de comunicación del país, con una geografía tan escabrosa en la sierra, como inhóspita en la selva. Además de una sociedad fracturada, entre una reducida clase ilustrada y la gran masa indígena.

Mariscal Ramón Castilla, caudillo militar y Presidente de la República (1845-1851 y 1855-1862)

Son estos los factores a tener en cuenta para entender el enorme esfuerzo realizado para construir un estado republicano, luego de su arraigo colonial como centro del poder peninsular en el continente; consecuentemente, acarreó graves riesgos de supervivencia o desmembramiento. Todo ello fue asumido por los gobernantes de las primeras décadas republicanas, aquellos caudillos militares de la independencia, que ante la incertidumbre de tener un nuevo estado sin rumbo, asumieron el rol de dirigir la república, con imperfecciones democráticas, estigmatizados en sus luchas por la salvación de la patria, pero queda en sus actos que idearon un Perú grande y unitario, hasta llegar al gobierno del general Ramón Castilla, momento en que dicha generación de la independencia cumplió con entregar un Perú conformado en su territorio, con instituciones precarias pero con el potencial de llegar al progreso ansiado, aquella “promesa” que describió Basadre, bajo el manto de la República.

Conclusiones

El estamento militar asumió los roles ineludibles de la independencia, primero al definir por las armas la eliminación del poder español y asegurar el espacio territorial propio, segundo al acoger la responsabilidad política y social de participar en la construcción de la república y la búsqueda de un gobierno estable, y tercero al mantener la unidad del estado, a pesar de todas las desavenencias internas y conductas geopolíticas del exterior.

Los líderes militares que asumieron la responsabilidad de luchar por la independencia y forjar el Perú republicano hasta el gobierno del presidente Ramón Castilla, representan una generación de hombres que más allá de los estigmas en el tiempo, no escatimaron esfuerzos para enfrentar las enormes dificultades que significaba la búsqueda permanente del orden y el bien común.

Era una generación nacida a fines del siglo XVIII y que a mediados del siglo XIX había culminado su participación política en el devenir del país; llevan en su balance, que luego de enfrentar los avatares de las primeras décadas republicanas, dejaron un Perú consolidado, con franca sensación de estabilidad y muchas posibilidades de progreso. 

Las palabras del presidente Castilla, pueden servir de corolario a este artículo: “Proclama al Ejército: Soldados, la Representación Nacional se halla instalada, y los votos libres de los pueblos me han elevado por los medios legales a la suprema magistratura de la república. Está pues consumado el triunfo de la Constitución y de las leyes que jurasteis restablecer; están cumplidos los votos de la nación. (El Peruano, Abril de 1845)”.

Mapa Político del Perú, gobierno del Presidente Ramón Castilla, 1856

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(*) General EP, Master of Science in NationalResourceStrategy graduado en la “NationalDefenseUniversity” – Washington D.C.- USA y en el “George C. Marshall, European Center for Security Studies”, en Garmish-Partenkirchen – Alemania, así como en otros centros de estudios militares de Canadá, China y Colombia. Se graduó en la EMCH; Ingeniero Militar. Es Investigador y Miembro de Número del Centro de Estudios Histórico Militares del Perú; además es Ingeniero Civil en ejercicio, con posgrados en universidades nacionales y cursando el Doctorado en Ciencias Sociales con especialidad en Historia en la UNMSM.

 Referencias Bibliográficas:

[1] Aguilar Marisol, “Los Ejércitos Hispanos en la formación de los Estados Nacionales durante la Independencia”, en Documenta de Historia Militar Nº 1, (Lima: CPHEP. 2010), p. 11-15.
[2] O Phelan Godoy Scarlett, “Sucre en el Perú: Entre Riva Agüero y Torre Tagle” en La Independencia del Perú. De los Borbones a Bolívar, (Lima: PUCP, 2001), p.381-388
[3] Lynch John, “Caudillos en Hispanoamérica 1800-1850”, (Madrid: Ed. Madfre, 1993), p. 239-240.
[4] Neira Hugo, “Las Independencias. Doce Ensayos”, (Lima: UIGV, 2010), p. 105.
[5]O´Phelan, Op. Cit., p. 402.
[6] Ibídem, p. 393.
[7]De Mendiburu Manuel, “Diccionario Histórico Biográfico del Perú”, (Lima: Imp. Bolognesi, 1885), T. IV, p. 12-13.
[8]O´Phelan, Op. Cit., p. 403
[9] Basadre Jorge, “La Iniciación de la República”. T. I, (Lima: UNMSM, 2002), p. 134-147
[10] Mc Evoy Carmen y Renique José Luis, “Soldados de la República. Guerra, correspondencia y memoria en el Perú (1830-1844)”, (Lima: Fondo Ed. Congreso de la República, 2010), T. I., p. 30-60.

 

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