La compensación

(Contribución de Gonzalo Caso Dagnino – XIV –
Artículo escrito por Ricardo Caso Uría [1908])

De la serie “Tradiciones Iqueñas”
LA COMPENSACIÓN (SUEÑO DE UN CASADO)
Recorría yo pausadamente el Infinito y un aburrimiento tan grande como mi propia grandeza arrumaba mi espíritu errabundo. Y así, transcurridos muchos siglos, resolví hacer una visita de cortesía a un anciano ingenioso y solitario que habitaba un infinito cercano al de mi propiedad. Dirigí mis pasos perezosos al cielo –que así se llamaba el Infinito vecino-. Caminé largo tiempo, hollando con mi planta resplandeciente el nácar de las nubes; tropecé en el caos; salvé a grandes pasos la vecindad de la Nada, y llegué finalmente a la morada del anciano. Penetré sin ceremonia a casa de mi secular amigo y después de recorrer varios espacios tenebrosos y solitarios, me encontré casi de improviso en su gabinete de trabajo donde sorprendió a mi curiosidad la vista de innumerables objetos de formas complicadas y extrañas, mezclados con multitud de esferitas de diversos tamaños y en uno de los rincones una masa informe de barro, que ofrecía reciente, la huella de los divinos dedos. Allí estaba él, sentado ante una mesa de labor, cubierta de papeles llenos de cálculos algebraicos y de diseños a lápiz. Se levantó presuroso y cortés a recibirme y nos estrechamos las manos cordialmente, cambiando las frases de estilo. La conversación decayó después poco a poco, y por fin quedamos en silencio. Transcurridos unos instantes, mi huésped, dando un gran bostezo me preguntó: -¿Y qué tal el aburrimiento por allá afuera, vecino? Mortal –le respondí- si para nosotros pudiera existir esa palabra. El anciano sonrió de soslayo y repuso: -Es la compensación de la Omnipotencia. Para nosotros los contemporáneos del tiempo, el reloj de arena representa la tortura de la uniformidad, del fastidio…- Volvió a bostezar y añadió: -Pero hay como entretenerse y hacer la eternidad más llevadera; yo ejercito mi potencia creadora y fabrico juguetes complicados y vistosos para solazarme con ellos. Actualmente los fabrico de barro, material grosero, pero dócil y manejable. Justamente iba a dar comienzo a una obra de gran mecanismo, cuyos elementos estoy preparando desde hace tiempo, cuando fui agradablemente interrumpido por su oportuna visita, de modo que si usted me lo permite, proseguiré, antes de que el barro se reseque demasiado, pudiendo asegurarle que pasará algunos días bastante entretenidos. Roguéle que así lo hiciera, y muellemente, recostado en un amplio sillón, esperé a que diera comienzo a la obra. Después de haber llenado varios papeles de cálculos ininteligibles para mí, se levantó con ademán solemne, sacó una caja de cerillas y encendió una en el lado conveniente, exclamando al mismo tiempo con voz creadora: -¡Fiat lux! Aplicóla en seguida a una esponjilla embebida en alcohol, que colgaba en una de las paredes del gabinete, y pude observar que su luz vacilante y amarilla se reflejaba en un pequeño espejo de plata situado al frente, y de tal modo que visto de costado, su forma redonda se achataba rematando en dos puntas afiladas y divergentes. Después de hecho esto, el anciano al sentarse con indolencia, cruzó las piernas y me ofreció un cigarrillo, como dispuesto a charlar conmigo largo rato. ¿Cómo? –pregunté sorprendido- ¿No piensa usted continuar su interesante trabajo? -Por el momento no –me respondió tranquilo. Tengo bastante por hoy. Mañana continuaré la obra. Me pareció que su laboriosidad no corría pareja con su ingenio, pero no quise hacer ninguna observación y pasamos el resto del día departiendo amigablemente. Me hizo pacientes y detalladas explicaciones del complicado mecanismo del trabajo que iba a ejecutar delante de mí haciendo lujo de su enciclopédico saber, pero por más que me esforcé, no llegué a comprender una palabra. Recuerdo sí que tuve el tino de asentir, para no dejarle entrever mi no menos enciclopédica ignorancia. A la mañana siguiente el anciano puso nuevamente manos a la obra. Tomó las esferitas que se amontonaban en su gabinete y después de frotarlas con una sustancia que las hacía fosforescentes, las clavó con alfileres en el techo siguiendo cuidadosamente los contornos de caprichosas figuras que tenía diseñadas de antemano, entre las cuales campeaba un pequeño perro y otro mayor. En la cola de este último fijó la más voluminosa de las esferas y dio por terminada la labor del día, con nueva extrañeza de mi parte. El tercer día amasó con grandes precauciones una nueva bolita de barro; le produjo algunas sinuosidades con la punta del lápiz; derramó algunas gotas de agua en las partes deprimidas; cogióla después entre los dedos pulgar e índice; con una ligera presión le acható los extremos, y, balanceando el brazo, la lanzó con ímpetu al espacio, dándole al mismo tiempo un movimiento giratorio bastante pronunciado… Y la bolita rodaba, rodaba… Y a medida que rodaba iba creciendo, creciendo… y él parecía cada vez más pequeño, más insignificante, al lado de su obra. -¡Esto sí que es maravilloso!, exclamé lleno de asombro, al ver que la bola de barro llegaba al máximum de desarrollo, con sus asperezas convertidas en montañas y sus gotas de agua en ondulosos mares, mientras que nosotros desaparecíamos como miserables puntos sobre una elevada llanura limitada por cuatro ríos. -Todavía falta lo más interesante, lo que reservo para el último día- indicó el anciano, sonriendo con vanidosa indiferencia. En los días subsiguientes concluyó de dar forma y vida a los animales y plantas cuyos incompletos modelos encontré a mi llegada. Dispuso sabiamente los rebaños, las fieras y los reptiles sobre el verde césped que ahora aterciopelaba la llanura y bajo el fresco ramaje de los árboles frutales esparcidos por doquiera con admirable prodigalidad, pobló asimismo los ríos y los mares de seres escamosos y escurridizos, que salían de sus manos omnipotentes agitándose con encantadora vivacidad, y llenó los aires de una muchedumbre bulliciosa y bien vestida, provista de alas adecuadas. Y yo admiré su sabiduría. Llegado el sexto día, el anciano me dijo con visible contentamiento: -Ha llegado el momento de completar la obra: voy a crear el ser más perfecto, quien será a nuestra imagen y semejanza, para darle el dominio de todo esto. -Entonces ¿va usted a hacer un ángel? pregunté dudoso. -No tal. Ya los hice en otra época, pero uno de ellos me resultó indisciplinado y tuve que relegarlo a las cocinas. Y, aún desde allá sigue molestándome y trata siempre de pervertir o desarreglar mis obras. -¿Y por qué no lo destruye usted? -Porque es necesario que exista. Volví a admirar su sabiduría y pregunté: -¿Cómo se llamará el nuevo ser? -Hombre: un ser inferior a los ángeles. -Y entonces ¿cómo será a nuestra imagen y semejanza? -Ya lo verá usted, me respondió con sequedad. Tomó la masa de barro y comenzó a modelar un cuerpo robusto, de formas armoniosas y enérgicas. Concluida y retocada la figura, el anciano la depositó sobre la hierba y sopló en sus ojos. Hecho esto nos alejamos para observar. El Hombre dio un gran suspiro, se puso de pie y paseó una mirada de sorpresa, en derredor. Emprendió después un paseo lento, curioseando a través de la arboleda; comió algunos frutos; bebió el agua de una fuente; acarició a los animales…  Satisfecha la curiosidad, buscó la sombra odorífica de un naranjo y se sentó con los brazos cruzados, en actitud meditativa. Largo tiempo estuvimos observándolo en espera de un nuevo movimiento; pero el Hombre indiferente, con los ojos entornados, hasta que un formidable bostezo me dio la explicación. Al ser a nuestra imagen y semejanza, se aburría también. El anciano comprendió a su vez, hizo un gesto de disgusto y quedó pensativo. -Tengo una idea- exclamó de pronto. Y deslizándose detrás del bostezador, hízole unos cuantos pases magnéticos que le produjeron irresistible somnolencia. Sacó en seguida un afilado bisturí y le extrajo con pasmosa seguridad una de las costillas inferiores, cerrando la herida sin dejar sutura visible. -¿Qué va a hacer usted con ese hueso?, pregunté asombrado. -Otro ser igual para darle compañía. -Pero me parece –objeté- que ese material no va a ser suficiente. -No importa. Haré la figura algo más pequeña y le dejaré la cabeza en hueco. Lo que más me interesa en este caso es la forma. Y el despojo humano adquiría rápidamente bajo sus hábiles dedos, la figura de otro ser semejante al anterior, pero inmensamente más bello; de formas más delicadas; de líneas más puras y suaves, y con un rostro imberbe cuya contemplación me producía particular encanto. Cuando la graciosa muñeca estuvo terminada, ayudé solícito al anciano a transportarla y la depositamos al lado del durmiente, hecho lo cual, ambos fueron despertados mediante el soplo consabido. El anciano me dijo entonces: -Conviene dejarlos solos a fin de que se conozcan y entiendan. Demos un paseo entre tanto. Con verdadero pesar me alejé de esa última creación, que despertaba en mí un verdadero interés, para luego recorrer mares y montañas en la sabia compañía del anciano. Oíle cortésmente una nueva y minuciosa explicación del mundo y sus accesorios, figurando el mayor interés, pero, en realidad, esperando un momento de silencio, que al fin se produjo. Me detuve entonces y pregunté a mi interlocutor: -¿Podría hacerme un servicio, vecino? -Usted dirá. -Desearía conservar como recuerdo de esta visita y de los asombrosos inventos que usted se ha servido mostrarme, una muñeca igual a la que acaba de hacer… Siempre que no fuera gran molestia, añadí humildemente. -Siento decirle que no me es posible complacerle, amigo mío. Como usted habrá observado, la provisión de barro se agotó con la primera figura, y ahora no dispongo ni de un adarme. -Y ¿no será posible –objeté con timidez- sacarle otra costilla al Hombre, como lo hizo usted hace poco? -De ningún modo: quedaría incompleto, y eso no está bien. Cuando lo construí, le coloqué una costilla demás en previsión de lo que podía suceder. Quedé afligido y desconsolado, pero con la secreta esperanza de encontrar alguna vez material adecuado para la figura, aunque para ello tuviera que explorar todos los infinitos habidos. Volvimos al jardín. Al pie de un robusto manzano estaba el Hombre erguido, risueño, con el brazo derecho en torno de la figura de ella que reclinaba lánguidamente sobre su hombro musculoso su cabeza adornada de copiosa y ondulante cabellera. Ambos parecían estar sumamente interesados oyendo el meloso discurso que una granserpiente arrollada en espiral les dirigía. Pasadas muchas horas volvimos al jardín. El Hombre estaba apoyado en el rugoso tronco del manzano expresando en su barbado rostro un mundo de satisfacción y de contento. Ella, casi oculta detrás de una enorme hoja de parra, tenía los brazos cruzados sobre el redondo seno y su piel había adquirido un tinte rosado y pudoroso que la envolvía como un nimbo de aurora. Tenía los ojos bajos y parecía mirar con interés a la serpiente que a sus pies desarrollaba voluptuosamente sus espiras. En esa posición estaba irresistible. Una idea súbita me asaltó y grité al anciano: -¡Eureka!  ¡Ya encontré el medio! -El medio ¿de qué? -De tener una muñeca como esa –respondí alborozado-. Sáqueme usted una costilla con la misma suavidad que al Hombre y hágala de allí. El anciano se acarició largamente su hirsuta barba, como saboreando mi impaciencia, y respondió lentamente: -Veo que tiene usted gran interés; pero desgraciadamente nuestra complexión no se presta para juegos de esta clase. Lo que usted me pide es impracticable. Comprendí entonces que lo que realmente le faltaba era el deseo de complacerme y no insistí. Pero durante mucho rato me ocupé en buscar infructuosamente detrás de cada hoja de parra para cerciorarme que no ocultaban otro juguete semejante. El anciano, entre tanto, los miraba con aireado rostro y exclamaba sordamente: -Son demasiado felices, demasiado felices… -Y ¿qué? –le interrumpí- mejor para ellos. Peor para ellos, hay que darles la compensación de tan exagerado contentamiento… Hay que ponerles una espina entre las rosas. -¿Qué piensa usted hacerles? –pregunté compadecido. -Tan solo obsequiarles con una hermosa institución que se llama Matrimonio. Esa será la espina. Una compensación homeopática, se podría decir. Iba a intervenir todavía en favor de la paradisiaca pareja cuando un feroz golpe recibido en las costillas me hizo lanzar un grito. Volví la cabeza al anciano, que me miraba con ojos aburridos y crueles. Entonces una voz bien familiar para mí, gritó en tono agrio: -¡Ya son más de las ocho! ¿Qué no piensas ir hoy a la oficina? Y el aguzado codo de mi mujer punzaba implacablemente mis indefensas costillas, haciéndome dar saltos de pescado. -¡Ah! –pensé-   ¡la compensación!   ¡la espina! Y desperezándomeadolorido, recordando mi larga pesadilla, exclamé lleno de rencor: -¡Envidioso!

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